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Te cuento una historia: ARMANDO BAUDINO: EL HOMBRE QUE VOLVIÓ A SU INFANCIA A TRAVÉS DE LA PINTURA
07/09/2026 | 345 visitas
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Hay historias que empiezan mucho antes de que alguien decida contarlas. La de Armando Domingo Baudino comenzó en el campo, en una casa construida en 1933, a pocos kilómetros de Hernando. Una casa que todavía permanece en medio de una extensa superficie rural, casi como un sobreviviente de otra época. Allí nació Armando. Allí transcurrió parte de su infancia. Allí quedaron los primeros paisajes que, muchos años después, volvería a buscar con los pinceles. Y quizás por eso, cuando aparece una fotografía de Armando pintando aquella vieja casa, la imagen adquiere una dimensión especial: no está simplemente retratando una construcción. Está volviendo sobre el lugar donde comenzó su propia historia. SIGUE EN LA AMPLIACIÓN

EL NIÑO DE LA CASA DE CAMPO

Armando Domingo Baudino nació el 10 de marzo de 1950 en Hernando. Era hijo de Domingo Baudino y María Groso.

Su padre, Domingo, era uno de los hijos de José Antonio Baudino, el inmigrante italiano que llegó a la zona y que en 1933 terminó de construir aquella casa rural que se convertiría en uno de los escenarios centrales de la historia familiar.

Armando creció allí junto a sus padres, su hermano, su madre y su abuela.

La vida de campo quedó profundamente incorporada a sus recuerdos.

Los animales, las tareas rurales, la galería de la casa, las personas de la familia, las reuniones y aquellas escenas cotidianas que para un niño forman simplemente parte de la vida.

Pero hubo un momento que marcó su infancia para siempre.

En 1962, cuando Armando tenía apenas 12 años, murió su padre, Domingo. Después de aquella pérdida, Armando dejó la casa rural y se trasladó a Hernando junto a su madre, su abuela y su hermano.

Muchos años después, esos recuerdos regresarían de otra manera.

No como fotografías familiares.

Como pinturas.

La propia familia conserva obras en las que aparecen escenas de aquella vida: Armando en la galería, su madre tomando mate, su abuela junto a un nieto, las tareas del campo, una carniada y distintos momentos de aquella infancia.

DE HERNANDO A CÓRDOBA

Armando cursó sus primeros años de estudios secundarios en el Colegio Santísima Trinidad de Hernando.

Después llegó Córdoba.

En la Universidad Nacional de Córdoba se recibió de contador público y licenciado en Administración de Empresas. Su profesión lo llevó a desarrollar una intensa actividad laboral, con viajes frecuentes para atender clientes, especialmente hacia Tucumán y La Rioja, además de su trabajo profesional en Córdoba y sus vínculos laborales con Hernando.

Era un hombre de formación universitaria, pero también de una enorme curiosidad.

Su familia lo recuerda como una persona muy culta, conocedora de muchos temas y, sobre todo, como alguien que tenía historias para contar.

Era de esos hombres cuya conversación podía prolongarse durante horas.

Y para sus sobrinos, además, ocupaba un lugar todavía más especial.

Fue tío y padrino, una figura muy presente, de esos adultos que convierten cada encuentro familiar en una celebración. No tuvo hijos, pero construyó con sus sobrinos un vínculo profundo y afectuoso.

Y EN ALGÚN MOMENTO APARECIÓ LA PINTURA

Armando siempre había tenido facilidad para el dibujo, para los detalles y para los trabajos manuales.

Pero alrededor de 1990 apareció una nueva inquietud.

Comenzó a tomar clases de pintura.

Lo que inicialmente pudo haber sido una actividad complementaria terminó transformándose en una verdadera vocación.

Continuó pintando durante años y llegó a participar en concursos de pintura en Córdoba hacia 1993 y 1994, mientras continuaba desarrollando su profesión.

Pintaba aquello que conocía.

Y muchas veces aquello que conocía estaba relacionado con su infancia.

Por eso, en sus cuadros aparecen una y otra vez los paisajes rurales, las personas de su familia y las escenas cotidianas de una época que había quedado atrás.

La pintura se convirtió, de alguna manera, en una forma de memoria.

LA CASA QUE ÉL MISMO PINTÓ

Entre todas las imágenes existe una particularmente significativa.

Armando aparece pintando la vieja casa de campo.

La misma casa en la que había nacido.

La misma casa que había abandonado a los 12 años.

La misma casa que había quedado atrás mientras su vida avanzaba entre Hernando, Córdoba y los viajes profesionales.

Décadas después, volvió a ella con un pincel.

Es difícil no encontrar allí algo más que una simple escena artística.

Porque Armando no solamente pintaba una casa.

Pintaba un fragmento de su propia vida.

La familia encontró además numerosas obras relacionadas con aquellos recuerdos: escenas de la galería, de su madre, de su abuela, del campo y de diferentes momentos de la vida familiar.

UN TESORO QUE PERMANECIÓ OCULTO

Durante mucho tiempo, esa faceta artística de Armando permaneció prácticamente desconocida para buena parte de Hernando.

Nunca había realizado, según el recuerdo familiar, una exposición pública en la ciudad.

Sus pinturas habían estado expuestas en Córdoba y, con el paso del tiempo, muchas de ellas fueron recuperadas y quedaron en manos de la familia.

Hoy se calcula que son alrededor de cincuenta obras.

Cincuenta cuadros que permanecieron guardados durante años, esperando quizá que alguien volviera a mirarlos con otros ojos.

La familia las considera un verdadero tesoro.

Y existe también el deseo de que algún día puedan ser exhibidas.

Porque allí no solamente hay pinturas.

Hay memoria.

Hay una familia.

Hay una época.

Y hay un hombre que convirtió sus recuerdos en imágenes.

UNA PINTURA NACIDA DE LA MEMORIA

Quienes conocen las obras destacan su carácter costumbrista y la calidad de sus dibujos y detalles. Javier Baudino encuentra en ellas algunas semejanzas con estilos de pintores como Pucetto y Armando Paulina Rosa, aunque se trata de una apreciación personal y familiar.

Pero quizás lo más interesante no esté en buscar una clasificación artística.

Está en descubrir qué quiso conservar Armando.

Porque sus cuadros hablan de aquello que había quedado dentro suyo.

El campo.

La casa.

La familia.

La infancia.

Los personajes de todos los días.

El mundo que había conocido de niño y que ya no existía de la misma manera.

Mientras su vida profesional transcurría en ciudades, estudios contables, viajes y obligaciones, la pintura le permitió regresar a aquel paisaje.

Volver sin volver.

LA MUERTE QUE INTERRUMPIÓ SU HISTORIA

La vida de Armando terminó abruptamente en junio de 2006.

Tenía 56 años.

Fue asesinado en las primeras horas del 10 de junio, en su departamento de barrio Nueva Córdoba. La investigación determinó que había sido víctima de un homicidio y que su automóvil, un Fiat Palio, había sido sustraído. Por el crimen fue detenido Ariel Oscar Brondo, quien posteriormente fue condenado a prisión perpetua por homicidio calificado y robo calificado.

Así, de manera brutal, terminó la vida de aquel hombre que había nacido en una casa de campo de 1933 y que había encontrado, muchos años después, una forma de regresar a ella.

DESPUÉS DEL SILENCIO, LOS CUADROS

La historia de Armando podría haber terminado allí.

Pero quedaron sus pinturas.

Quedaron los recuerdos de quienes lo conocieron.

Quedó la casa.

Y quedó también una fotografía en la que aparece frente al lugar donde había nacido, pincel en mano, como si estuviera intentando recuperar algo que el tiempo se había llevado.

La casa rural fue el punto de partida de esta historia.

El descubrimiento de que Armando la había pintado abrió otra puerta.

Y detrás de esa puerta apareció un hombre que hasta entonces estaba escondido detrás de su profesión y de una historia familiar: un contador, un viajero, un hombre culto y afectuoso, un tío muy querido y, sobre todo, un pintor.

Un pintor que nunca tuvo en Hernando la exposición que quizá hubiera merecido.

Hoy sus alrededor de cincuenta obras permanecen en manos de la familia.

Son escenas de una vida.

Fragmentos de una memoria.

Pedazos de campo.

Y, quizás, una manera de decir que algunos lugares nunca se abandonan completamente.

Armando se fue de aquella casa cuando tenía 12 años.

Pero muchos años después volvió a ella.

No con una valija.

No para vivir nuevamente allí.

Volvió con un pincel.

Y la pintó.

Tal vez porque algunas infancias no terminan nunca.

Tal vez porque hay lugares que, aunque queden lejos, siguen viviendo adentro de uno.

Y tal vez porque, para Armando Baudino, pintar fue precisamente eso: encontrar una manera de volver a casa.

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