EL NIÑO DE
LA CASA DE CAMPO
Armando Domingo Baudino nació el 10 de marzo
de 1950 en Hernando. Era hijo de Domingo Baudino y María Groso.
Su padre, Domingo, era uno de los hijos de
José Antonio Baudino, el inmigrante italiano que llegó a la zona y que en 1933
terminó de construir aquella casa rural que se convertiría en uno de los
escenarios centrales de la historia familiar.
Armando creció allí junto a sus padres, su
hermano, su madre y su abuela.
La vida de campo quedó profundamente
incorporada a sus recuerdos.
Los animales, las tareas rurales, la galería
de la casa, las personas de la familia, las reuniones y aquellas escenas
cotidianas que para un niño forman simplemente parte de la vida.
Pero hubo un momento que marcó su infancia
para siempre.
En 1962, cuando Armando tenía apenas 12 años,
murió su padre, Domingo. Después de aquella pérdida, Armando dejó la casa rural
y se trasladó a Hernando junto a su madre, su abuela y su hermano.
Muchos años después, esos recuerdos
regresarían de otra manera.
No como fotografías familiares.
Como pinturas.
La propia familia conserva obras en las que
aparecen escenas de aquella vida: Armando en la galería, su madre tomando mate,
su abuela junto a un nieto, las tareas del campo, una carniada y distintos
momentos de aquella infancia.
DE HERNANDO
A CÓRDOBA
Armando cursó sus primeros años de estudios
secundarios en el Colegio Santísima Trinidad de Hernando.
Después llegó Córdoba.
En la Universidad Nacional de Córdoba se
recibió de contador público y licenciado en Administración de Empresas. Su
profesión lo llevó a desarrollar una intensa actividad laboral, con viajes
frecuentes para atender clientes, especialmente hacia Tucumán y La Rioja,
además de su trabajo profesional en Córdoba y sus vínculos laborales con
Hernando.
Era un hombre de formación universitaria, pero
también de una enorme curiosidad.
Su familia lo recuerda como una persona muy
culta, conocedora de muchos temas y, sobre todo, como alguien que tenía
historias para contar.
Era de esos hombres cuya conversación podía
prolongarse durante horas.
Y para sus sobrinos, además, ocupaba un lugar
todavía más especial.
Fue tío y padrino, una figura muy presente, de
esos adultos que convierten cada encuentro familiar en una celebración. No tuvo
hijos, pero construyó con sus sobrinos un vínculo profundo y afectuoso.
Y EN ALGÚN
MOMENTO APARECIÓ LA PINTURA
Armando siempre había tenido facilidad para el
dibujo, para los detalles y para los trabajos manuales.
Pero alrededor de 1990 apareció una nueva
inquietud.
Comenzó a tomar clases de pintura.
Lo que inicialmente pudo haber sido una
actividad complementaria terminó transformándose en una verdadera vocación.
Continuó pintando durante años y llegó a
participar en concursos de pintura en Córdoba hacia 1993 y 1994, mientras
continuaba desarrollando su profesión.
Pintaba aquello que conocía.
Y muchas veces aquello que conocía estaba
relacionado con su infancia.
Por eso, en sus cuadros aparecen una y otra
vez los paisajes rurales, las personas de su familia y las escenas cotidianas
de una época que había quedado atrás.
La pintura se convirtió, de alguna manera, en
una forma de memoria.
LA CASA QUE
ÉL MISMO PINTÓ
Entre todas las imágenes existe una
particularmente significativa.
Armando aparece pintando la vieja casa de
campo.
La misma casa en la que había nacido.
La misma casa que había abandonado a los 12
años.
La misma casa que había quedado atrás mientras
su vida avanzaba entre Hernando, Córdoba y los viajes profesionales.
Décadas después, volvió a ella con un pincel.
Es difícil no encontrar allí algo más que una
simple escena artística.
Porque Armando no solamente pintaba una casa.
Pintaba un fragmento de su propia vida.
La familia encontró además numerosas obras
relacionadas con aquellos recuerdos: escenas de la galería, de su madre, de su
abuela, del campo y de diferentes momentos de la vida familiar.
UN TESORO
QUE PERMANECIÓ OCULTO
Durante mucho tiempo, esa faceta artística de
Armando permaneció prácticamente desconocida para buena parte de Hernando.
Nunca había realizado, según el recuerdo
familiar, una exposición pública en la ciudad.
Sus pinturas habían estado expuestas en
Córdoba y, con el paso del tiempo, muchas de ellas fueron recuperadas y
quedaron en manos de la familia.
Hoy se calcula que son alrededor de cincuenta
obras.
Cincuenta cuadros que permanecieron guardados
durante años, esperando quizá que alguien volviera a mirarlos con otros ojos.
La familia las considera un verdadero tesoro.
Y existe también el deseo de que algún día
puedan ser exhibidas.
Porque allí no solamente hay pinturas.
Hay memoria.
Hay una familia.
Hay una época.
Y hay un hombre que convirtió sus recuerdos en
imágenes.
UNA PINTURA
NACIDA DE LA MEMORIA
Quienes conocen las obras destacan su carácter
costumbrista y la calidad de sus dibujos y detalles. Javier Baudino encuentra
en ellas algunas semejanzas con estilos de pintores como Pucetto y Armando
Paulina Rosa, aunque se trata de una apreciación personal y familiar.
Pero quizás lo más interesante no esté en
buscar una clasificación artística.
Está en descubrir qué quiso conservar Armando.
Porque sus cuadros hablan de aquello que había
quedado dentro suyo.
El campo.
La casa.
La familia.
La infancia.
Los personajes de todos los días.
El mundo que había conocido de niño y que ya
no existía de la misma manera.
Mientras su vida profesional transcurría en
ciudades, estudios contables, viajes y obligaciones, la pintura le permitió
regresar a aquel paisaje.
Volver sin volver.
LA MUERTE
QUE INTERRUMPIÓ SU HISTORIA
La vida de Armando terminó abruptamente en
junio de 2006.
Tenía 56 años.
Fue asesinado en las primeras horas del 10 de
junio, en su departamento de barrio Nueva Córdoba. La investigación determinó
que había sido víctima de un homicidio y que su automóvil, un Fiat Palio, había
sido sustraído. Por el crimen fue detenido Ariel Oscar Brondo, quien
posteriormente fue condenado a prisión perpetua por homicidio calificado y robo
calificado.
Así, de manera brutal, terminó la vida de
aquel hombre que había nacido en una casa de campo de 1933 y que había
encontrado, muchos años después, una forma de regresar a ella.
DESPUÉS DEL
SILENCIO, LOS CUADROS
La historia de Armando podría haber terminado
allí.
Pero quedaron sus pinturas.
Quedaron los recuerdos de quienes lo
conocieron.
Quedó la casa.
Y quedó también una fotografía en la que
aparece frente al lugar donde había nacido, pincel en mano, como si estuviera
intentando recuperar algo que el tiempo se había llevado.
La casa rural fue el punto de partida de esta
historia.
El descubrimiento de que Armando la había
pintado abrió otra puerta.
Y detrás de esa puerta apareció un hombre que
hasta entonces estaba escondido detrás de su profesión y de una historia
familiar: un contador, un viajero, un hombre culto y afectuoso, un tío muy
querido y, sobre todo, un pintor.
Un pintor que nunca tuvo en Hernando la
exposición que quizá hubiera merecido.
Hoy sus alrededor de cincuenta obras
permanecen en manos de la familia.
Son escenas de una vida.
Fragmentos de una memoria.
Pedazos de campo.
Y, quizás, una manera de decir que algunos
lugares nunca se abandonan completamente.
Armando se fue de aquella casa cuando tenía 12
años.
Pero muchos años después volvió a ella.
No con una valija.
No para vivir nuevamente allí.
Volvió con un pincel.
Y la pintó.
Tal vez porque algunas infancias no terminan
nunca.
Tal vez porque hay lugares que, aunque queden
lejos, siguen viviendo adentro de uno.
Y tal vez porque, para Armando Baudino, pintar
fue precisamente eso: encontrar una manera de volver a casa.




