"Una de las grandes cosas que tuve en mi vida fue poder convivir con los marineros. A partir de esa relación nació una amistad muy grande y pude conocer de primera mano sus historias", recordó durante una entrevista con RH1.
El Admiral Graf Spee fue uno de los llamados "acorazados de bolsillo" construidos por Alemania tras las restricciones impuestas por el Tratado de Versalles al finalizar la Primera Guerra Mundial.
Aunque oficialmente desplazaba unas 10.000 toneladas, estaba equipado con artillería propia de buques mucho mayores, lo que le permitía operar como un poderoso corsario destinado a interceptar el comercio marítimo británico al inicio de la Segunda Guerra Mundial.
Schüler explicó que el Graf Spee fue enviado al Atlántico Sur con la misión de atacar barcos mercantes, capturando previamente a sus tripulaciones antes de hundir las embarcaciones.
"El comandante Hans Langsdorff siempre hacía desembarcar primero a las tripulaciones. Recién después se destruían los barcos, rescatando previamente alimentos y otros elementos útiles", relató.
El 13 de diciembre de 1939 el Graf Spee fue interceptado por los cruceros británicos HMS Exeter, HMS Ajax y HMNZS Achilles, en un combate que pasó a la historia como la Batalla del Río de la Plata, considerada el primer gran enfrentamiento naval de la Segunda Guerra Mundial.
Aunque el buque alemán logró dañar severamente al Exeter, también sufrió averías importantes y buscó refugio en Montevideo.
Limitado por las normas de neutralidad uruguayas y convencido de que una poderosa flota británica lo esperaba fuera del puerto —información que luego se supo formaba parte de una maniobra de inteligencia aliada— Langsdorff tomó la decisión de evacuar a su tripulación y hundir el barco para evitar que su tecnología militar cayera en manos enemigas.
Días más tarde, el comandante alemán se suicidó en Buenos Aires, envuelto en la bandera de guerra de su país.
Antes del hundimiento, 1.133 tripulantes, de los cuales 36 compañeros habían muerto durante el combate, fueron trasladados desde Montevideo hasta Buenos Aires.
Los marinos fueron alojados inicialmente en el histórico Hotel de Inmigrantes y luego distribuidos en distintos puntos del país bajo control de las autoridades argentinas, ya que Argentina mantenía entonces su condición de país neutral.
Uno de esos destinos fue Capilla Vieja, a pocos kilómetros de la actual Villa General Belgrano.
Allí, sobre un predio donado por uno de los fundadores de la localidad, comenzaron a construir con sus propias manos el lugar donde permanecerían durante varios años.
"Ellos mismos fabricaban los ladrillos y levantaron todas las construcciones donde vivieron mientras estuvieron internados", explicó Schüler.
Con el paso del tiempo, la relación entre los marineros y los vecinos fue transformándose en una verdadera convivencia.
Muchos aprendieron español, participaron de la vida social de la localidad y compartieron conocimientos técnicos y oficios que terminaron enriqueciendo el crecimiento de Villa General Belgrano.
Según recordó Schüler, numerosos ex tripulantes colaboraron en actividades vinculadas a la construcción, la carpintería, la metalurgia, la gastronomía y distintas especialidades artesanales.
"Cada uno aportó lo que sabía hacer. Todo ese conocimiento ayudó al desarrollo de la villa", señaló.
Entre esos aportes también menciona la influencia sobre la producción de cerveza artesanal, chocolates y diversas tradiciones centroeuropeas que hoy forman parte de la identidad turística de Villa General Belgrano.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, muchos de aquellos marineros regresaron temporalmente a Alemania para reencontrarse con sus familias y conocer la realidad de un país devastado por el conflicto.
Sin embargo, una parte importante decidió volver definitivamente a la Argentina.
Muchos eligieron nuevamente Villa General Belgrano, donde ya habían formado amistades, encontrado oportunidades laborales e incluso constituido sus propias familias.
El último ex tripulante del Graf Spee que residía en la localidad falleció hace apenas dos años, recordó Schüler.
Durante la entrevista, Schüler hizo especial hincapié en diferenciar la historia de aquellos marinos de los debates políticos e ideológicos que aún suelen aparecer cuando se habla del Graf Spee.
"Acá nunca se hizo apología del nazismo. Nosotros convivimos con marineros, con personas que después ayudaron al crecimiento de Villa General Belgrano. Lo que valoramos es el aporte humano, cultural y de trabajo que dejaron en esta comunidad", afirmó.
El investigador sostuvo que reducir toda esa historia únicamente al contexto político de la Alemania nazi impide comprender el verdadero impacto social que tuvo la llegada de esos hombres al Valle de Calamuchita.
Durante décadas, Carlos Eduardo Schüler reunió fotografías, documentos, diarios y recuerdos entregados por los propios ex marineros o sus familias.
Ese archivo personal, construido a partir de relaciones de amistad cultivadas durante toda una vida, será donado en el futuro a un museo de Villa General Belgrano para preservar una parte de la historia local.
"Ellos me fueron entregando fotos y documentos porque muchos no tenían descendientes. Yo simplemente los fui guardando para que la verdadera historia no se perdiera", concluyó.
A más de ocho décadas del hundimiento del Graf Spee, el episodio sigue despertando interés entre historiadores y visitantes. En Villa General Belgrano, sin embargo, el recuerdo trasciende el hecho bélico: permanece vivo en las historias compartidas, en los descendientes de aquellos marineros y en el aporte que realizaron al crecimiento de una comunidad que encontró, en medio de una tragedia mundial, una oportunidad para construir vínculos y forjar parte de su identidad.




