UNA CASA NACIDA DE UNA FAMILIA INMIGRANTE
La historia comienza mucho antes de que la casa quedara
sola.
Su constructor fue José Antonio Baudino, bisabuelo de
Javier Baudino. Había llegado desde Italia y, después de pasar por Santa Fe y
Las Perdices, se radicó en Hernando en 1916 junto a sus nueve hijos.
Primero alquiló una chacra. En 1931 pudo comprar sus propias
tierras y dos años después terminó de construir la vivienda que todavía
permanece en pie.
La casa fue, durante décadas, mucho más que una construcción
rural. Allí creció una familia. Allí nacieron algunos de sus integrantes. Allí
transcurrió una parte importante de la vida de los Baudino.
Javier conserva documentación familiar que ayuda a
reconstruir aquella historia, entre ella apuntes realizados por su padre, Elso
Baudino, y una publicación de 1944, Mi Tierra, donde también aparecen
referencias a José Antonio y a su vida.
La fecha grabada en la pared dejó de ser entonces solamente
un número.
1933 pasó a ser una puerta de entrada a la memoria de una
familia.
CUANDO EL CAMPO ESTABA HABITADO
Javier recuerda haber ido a esa casa durante su infancia,
cuando tenía aproximadamente diez o doce años.
Había corrales de chanchos, un establo, un galpón, un
molino. Era un campo habitado, productivo, familiar.
La ocupación permanente de la vivienda habría terminado
entre mediados de los años 60 y comienzos de los 70, cuando sus abuelos se
trasladaron al pueblo. Después pudo haber habido algún cuidador durante un
tiempo, hasta que también esa presencia fue desapareciendo.
El campo fue quedándose cada vez más silencioso.
La casa quedó sola.
Pero no quedó vacía de historia.
EL JOTE EN LO MÁS ALTO
Nuestra primera visita tuvo algo que no estaba en ningún
documento.
Llegamos al lugar y estábamos prácticamente solos. En medio
de aquel paisaje apareció un jote.
Voló sobre la casa y terminó posándose en la parte más alta
de la construcción.
Permaneció allí.
La imagen resultaba difícil de ignorar: una casa detenida en
el tiempo, una fecha de 1933 todavía visible y, sobre ella, un ave negra
vigilando desde las alturas.
Cuando nos fuimos, el jote quedó allí.
No hace falta atribuirle un significado sobrenatural para
reconocer que la escena tenía una fuerza particular. Era, simplemente, una de
esas imágenes que quedan grabadas.
Después supimos que Javier también había visto aquella
publicación y que el episodio le había llamado la atención.
A veces una historia comienza con un documento.
Otras veces comienza con una imagen.
Esta comenzó con ambas cosas.
LAS PINTURAS QUE APARECIERON DESPUÉS
La búsqueda de información sobre la casa llevó a Javier a
revisar nuevamente los recuerdos y documentos de su familia.
Y allí apareció otra historia.
La de su tío Armando Baudino.
Hijo de Domingo Baudino y nieto de José Antonio, Armando
pasó parte de su infancia y adolescencia en aquella casa. Terminó sus estudios
secundarios en el colegio Santísima Trinidad y luego viajó a Córdoba, donde se
recibió de contador público y obtuvo también el título de licenciado en
administración.
Trabajó profesionalmente en Córdoba e incluso en Tucumán.
Pero mantuvo siempre el vínculo con Hernando y con su familia, regresando
periódicamente para visitar a su madre.
Y había algo más.
Armando pintaba.
Entre los materiales familiares apareció una fotografía
particularmente significativa: Armando frente a la casa de 1933, pincel en
mano, pintando aquello que había formado parte de su infancia.
La fotografía permitió descubrir que aquella casa no
solamente había sido habitada por una familia.
También había sido convertida en memoria por uno de sus
propios integrantes.
PINTAR LO QUE SE ESTÁ PERDIENDO
Armando dejó alrededor de cincuenta pinturas.
No son solamente paisajes. Son escenas familiares, recuerdos
de infancia y momentos de la vida rural: la galería de la casa, su madre
tomando mate, una abuela junto a un nieto, una carneada de chanchos y distintas
escenas vinculadas al campo y a la familia.
Son, en buena medida, recuerdos pintados.
Javier cuenta que su tío comenzó a participar en concursos
de pintura en Córdoba alrededor de 1993 o 1994, mientras continuaba
desarrollando su actividad profesional.
Sin embargo, esas obras nunca tuvieron en Hernando la
exposición que merecían.
Durante un tiempo estuvieron exhibidas en un gimnasio o
espacio comercial que Armando tenía en Córdoba. Después fueron recuperadas por
la familia y hoy permanecen guardadas.
Son unas cincuenta obras.
Un patrimonio artístico familiar que, durante años,
permaneció prácticamente desconocido.
Javier lo resume de una manera sencilla:
“Nosotros tenemos acá un tesoro que nadie conoce”.
Y probablemente esa sea una de las revelaciones más
importantes de esta historia.
LA HISTORIA QUE ESTABA DETRÁS DE LA HISTORIA
La vieja casa parecía ser el centro de la investigación.
Pero terminó siendo apenas el comienzo.
Porque detrás de sus paredes apareció una familia
inmigrante, una historia rural, una fotografía de 1938, un automóvil que ya no
existe pero cuya patente todavía se conserva, árboles que
desaparecieron, recuerdos de infancia y una colección de pinturas que espera
todavía una oportunidad para ser mostrada.
También apareció la figura de Elso Baudino, el padre de
Javier, un hombre que conservó documentos y se interesó profundamente por la
historia familiar.
Javier siguió ese camino. Revisando registros familiares, fue reconstruyendo el árbol genealógico y recuperando información que corría el riesgo de perderse.
Así, la investigación sobre una casa terminó convirtiéndose
en una investigación sobre una familia.
UNA CASA QUE TODAVÍA RESISTE
Hoy la construcción permanece aislada.
El avance de los años, el abandono y el vandalismo hicieron
su trabajo. Incluso desaparecieron los antiguos vitrales y aberturas que Javier
recuerda de su infancia.
De las tres palmeras originales queda solamente una.
Sin embargo, la casa sigue allí.
Y hay algo significativo en que su actual propietario, Beto
Laurenti, haya decidido conservarla en lugar de demolerla.
En una zona donde cada vez quedan menos personas viviendo y
trabajando en el campo, esa casa funciona casi como un bastión de otra época.
No es solamente una tapera.
Es un documento.
CUANDO EL PASADO VUELVE A LLAMAR
Tal vez lo más interesante de esta historia sea que nada de
esto estaba previsto.
Fuimos buscando una casa abandonada y encontramos una
historia familiar.
Encontramos a José Antonio, el inmigrante que llegó desde
Italia y levantó aquella vivienda en 1933.
Encontramos a una familia que durante décadas habitó ese
lugar.
Encontramos a Elso, que guardó documentos y recuerdos.
Encontramos a Javier, que decidió volver a mirar esos
papeles.
Y encontramos a Armando, que había hecho algo todavía más
poderoso: había pintado aquello que no quería olvidar.
Al final, las aproximadamente cincuenta obras no son
solamente pinturas.
Son una forma de regresar.
Una manera de volver a aquella galería, a aquellos campos, a
aquellas personas y a aquella vida rural que ya no existe de la misma manera.
Y entonces aparece nuevamente la imagen del principio.
El jote.
Posado en lo más alto de la casa, sobre una construcción
levantada hace más de noventa años.
Quizás solamente era un ave buscando un lugar donde
descansar.
Pero para quienes estuvimos allí, terminó formando parte de
la historia.
Porque hay imágenes que, sin decir una palabra, consiguen
que uno vuelva la mirada.
Y a veces, cuando uno vuelve la mirada, descubre que detrás
de una casa abandonada todavía hay una familia esperando ser recordada.




