A partir de entonces, los días comienzan a ser progresivamente más largos que las noches, hasta alcanzar su máxima diferencia durante el verano.
Uno de los cambios más perceptibles es el aumento gradual de las temperaturas.
El invierno comienza a quedar atrás y las masas de aire frío pierden protagonismo, aunque durante las primeras semanas de primavera todavía pueden registrarse mañanas frías, heladas tardías y cambios bruscos de temperatura.
Con el paso de las semanas, el incremento de la radiación solar y de las horas de luz favorece temperaturas más elevadas y jornadas progresivamente más cálidas.
Esto no significa que el frío desaparezca inmediatamente. En Córdoba, por ejemplo, septiembre y octubre suelen presentar una importante variabilidad meteorológica, con alternancia entre jornadas cálidas y el ingreso de sistemas frontales que pueden provocar descensos térmicos.
La primavera representa además un período de intensa actividad para el mundo natural.
El aumento de la temperatura y de la cantidad de luz favorece el rebrote de numerosas especies vegetales y la floración. Los árboles comienzan a recuperar su follaje y los paisajes adquieren paulatinamente mayor presencia de colores y vegetación.
También aumenta la actividad de numerosos insectos y animales, que responden a las nuevas condiciones ambientales.
La primavera constituye, de esta manera, una etapa de transición entre el frío del invierno y el calor del verano.
Aunque habitualmente se habla del 21 de septiembre como el comienzo de la primavera, astronómicamente la fecha puede variar.
Esto ocurre porque el año astronómico no dura exactamente 365 días. El movimiento de la Tierra alrededor del Sol y el ajuste realizado mediante los años bisiestos hacen que el momento exacto del equinoccio pueda producirse el 22, 23 o incluso 21 de septiembre, dependiendo del año y del huso horario.
Por eso, para 2026, el comienzo astronómico de la primavera en el hemisferio sur corresponde al 22 de septiembre.
La llegada de la primavera no solamente modifica el paisaje. También genera cambios en las actividades cotidianas.
Las tardes más largas permiten mayor cantidad de actividades al aire libre, comienzan a multiplicarse las propuestas deportivas y recreativas y las temperaturas más agradables favorecen el encuentro en plazas, parques y espacios públicos.
Además, el incremento de las temperaturas y la radiación solar hace necesario comenzar a prestar mayor atención a la hidratación, la protección frente al sol y las condiciones ambientales, especialmente durante las horas de mayor exposición.
Así, el paso del invierno a la primavera representa mucho más que un cambio en el calendario: es una transición gradual que se manifiesta en el clima, la duración de los días, la vegetación, los animales y las actividades de las personas.



