Durante la entrevista, Gil planteó que uno de los grandes desafíos vinculados con la alimentación es mantenerse actualizado frente a la evolución de las investigaciones científicas.
Como ejemplo mencionó el caso del huevo y la histórica preocupación por su contenido de colesterol. Según explicó, el conocimiento científico fue avanzando y permitió incorporar nuevas evidencias sobre sus propiedades nutricionales.
Pero el especialista también puso el foco en otro fenómeno más reciente: la circulación de información en redes sociales.
“Muchas veces tienden a sembrar miedo” respecto de determinados alimentos, señaló, y advirtió que en algunos casos ese discurso está acompañado por la venta de cursos o libros. Frente a este escenario, consideró fundamental generar espacios como los congresos para acercar información certera a la sociedad.
Uno de los temas que suele generar mayor confusión es el de los alimentos procesados y ultraprocesados.
Gil cuestionó la idea de asociar automáticamente todo alimento producido industrialmente con algo perjudicial. Recordó, por ejemplo, que la leche necesita atravesar un proceso industrial de pasteurización y envasado para poder ser consumida de manera segura.
También destacó que determinados procesos permiten incorporar nutrientes a los alimentos. Mencionó el caso de la harina enriquecida, a la que se agregan vitaminas y minerales para contribuir a evitar deficiencias nutricionales en la población.
Para el ingeniero, por lo tanto, la discusión no debería centrarse exclusivamente en si un alimento está procesado o no, sino en su composición y la frecuencia con que se consume.
Un producto con buenos niveles de proteínas y fibra puede presentar buenas características nutricionales, mientras que aquellos con elevados contenidos de azúcar, sodio o grasas requieren otro criterio de consumo.
“No quiere decir que yo lo tenga que dejar de consumir”, explicó respecto de estos últimos, sino que resulta importante controlar la frecuencia y reservarlos para consumos esporádicos.
En ese sentido, Gil recomendó prestar especial atención a la información que aparece en los envases.
La lista de ingredientes permite conocer cómo está formulado un producto y, además, los ingredientes aparecen ordenados según la proporción en que se encuentran. De esta manera, si entre los primeros lugares aparecen azúcar y grasa, el consumidor puede advertir que ambos componentes tienen una presencia importante en el alimento.
A esto se suma la tabla nutricional, que informa sobre los nutrientes y las cantidades aportadas por porción.
Respecto de los octógonos negros del etiquetado frontal, Gill explicó que funcionan como un sistema de alerta frente al exceso de determinados nutrientes críticos, aunque recomendó no quedarse únicamente con esa información.
Su propuesta es ir un paso más allá: observar los octógonos, pero también leer la lista de ingredientes y analizar la tabla nutricional.
Durante la conversación también aparecieron algunos hábitos muy instalados en la cocina cotidiana.
Gil señaló que no es necesario lavar los huevos antes de almacenarlos, ya que hacerlo puede eliminar una cutícula protectora natural y favorecer un deterioro más rápido.
Tampoco recomendó lavar la carne cruda. El contacto del chorro de agua con la superficie puede generar proyecciones que terminen contaminando la bacha, la mesada o utensilios cercanos.
En el caso de la carne, explicó, lo importante es realizar una correcta manipulación y utilizar un adecuado método de cocción para destruir los microorganismos.
La propuesta que Gill llevará al Congreso también estará vinculada con el concepto de “kilómetro cero de los alimentos”, poniendo en discusión la distancia que recorren los productos desde su lugar de producción hasta llegar al consumidor.
El ingeniero explicó que el consumo de alimentos producidos localmente puede contribuir al desarrollo de las economías regionales y, al mismo tiempo, reducir el impacto ambiental asociado al traslado.
Pero su mirada sobre la cadena alimentaria va todavía más allá: “la historia del alimento no comienza en la góndola ni termina tampoco cuando nosotros tiramos algún desecho en el tacho de basura”.
Cada alimento tiene una historia previa vinculada con su producción, elaboración y distribución, y también una posterior relacionada con el destino que tendrá aquello que descartamos.
Ahí aparece justamente uno de los conceptos centrales de la economía circular: aquello que consideramos un residuo puede convertirse nuevamente en materia prima.
Como ejemplo, Gil mencionó el caso del maní, un producto estrechamente ligado a la región. La piel o tegumento del maní contiene compuestos llamados polifenoles que pueden presentar propiedades beneficiosas y que, según estudios que citó, pueden ser aprovechados como materia prima.
¿Y cómo debería ser una alimentación saludable?
Para Gil, tres conceptos resultan fundamentales: variedad, frecuencia y porciones.
La recomendación es incorporar diferentes frutas, vegetales y tipos de carne, evitando caer en dietas monótonas basadas siempre en los mismos alimentos.
También planteó que aquellos productos con altos niveles de azúcar u otros nutrientes que, consumidos en exceso, pueden resultar perjudiciales, no necesariamente tienen que desaparecer de la alimentación de una persona sana. La clave está en regular la frecuencia y las cantidades.
La tarea de divulgación de Gil también tuvo recientemente una importante repercusión al participar como invitado en el programa conducido por Mario Pergolini, una experiencia que le permitió abordar temas relacionados con la conservación, manipulación y alimentación frente a una audiencia amplia.
El ingeniero destacó la importancia de aprovechar estos espacios para acercar información clara a la sociedad, teniendo en cuenta que los alimentos forman parte de nuestra vida cotidiana y que conocer cómo conservarlos y manipularlos correctamente resulta fundamental para mantener su seguridad.
La charla del 23 de octubre tendrá como eje precisamente esa mirada integral sobre los alimentos.
Bajo el título “Kilómetro cero de los alimentos”, Gill recorrerá la cadena productiva para comprender qué sucede antes de que un producto llegue a la góndola y qué ocurre después de que el consumidor lo descarta.
También hablará sobre la importancia de consumir frutas y hortalizas de estación, considerando tanto sus aportes nutricionales como la disponibilidad y los aspectos económicos vinculados con una mayor oferta.
Otro de los ejes será la pérdida y el desperdicio de alimentos, buscando identificar cómo los cambios de hábitos de los consumidores pueden contribuir a reducirlo y cómo determinados productos que hoy son considerados desechos pueden convertirse en fuentes de nutrientes o nuevas materias primas.
Finalmente, abordará dos cuestiones de enorme importancia práctica: cómo interpretar correctamente las fechas de vencimiento y cómo manipular las sobras de alimentos para evitar que terminen innecesariamente en la basura.
La participación de Tomás Gill en el Congreso permitirá así llevar al ámbito educativo una discusión que atraviesa todos los hogares: qué comemos, cómo lo elegimos, cómo lo conservamos y qué hacemos con aquello que queda después de consumirlo.
Una mirada que propone dejar de pensar al alimento únicamente como aquello que aparece en una góndola y comenzar a entenderlo como parte de una cadena mucho más amplia, en la que también están presentes la producción, la economía regional, la salud, los hábitos de consumo y el cuidado del ambiente.



