Hay personas que viajan para llegar. Y hay otras que hacen del viaje una manera de vivir.
Leandro pertenece al segundo grupo.
Es de Casilda, provincia de Santa Fe, y desde el sábado está nuevamente en la ruta. Esta vez, sobre una bicicleta que se convirtió en su compañera de aventuras y que lo llevó hasta Hernando, desde donde intentaba continuar hacia Tancacha y Río Tercero para llegar al Valle de Calamuchita.
Pero el viaje recién comienza.
Su plan es llegar hasta Jujuy, detenerse especialmente en Humahuaca, continuar luego por la cordillera hasta Río Negro y regresar a su ciudad entre marzo y abril del año próximo.
Después, vendrá otra etapa.
Una más quieta.
Leandro cuenta que viaja desde 2019, aunque durante varios años lo hizo en colectivo o haciendo dedo.
La bicicleta apareció casi de casualidad.
A fines del año pasado estaba instalándose en La Paz, Entre Ríos, y había viajado a Casilda para pasar las fiestas. Pensaba en cómo llevar su bicicleta hasta su nuevo destino.
“Si me voy a vivir a Entre Ríos, tendría que llevarme la bici porque me va a servir para trabajar”, pensó.
Primero imaginó enviarla en una encomienda o llevarla debajo de un colectivo.
Hasta que apareció otra posibilidad.
“Dije, nah, me voy en bici”.
Y así nació la aventura.
Pero tampoco eligió el camino más directo.
“Ya que me voy en bici, no me voy directo. Y me fui a Uruguay”.
Recorrió Uruguay y luego regresó por el norte hasta llegar nuevamente a La Paz.
Había descubierto una nueva manera de viajar.
“Yo viajo desde 2019, pero siempre viajé en colectivo o a dedo. Y a fines del año pasado descubrí esto que es hermoso”, cuenta.
Hay una razón especial detrás del recorrido que está haciendo ahora.
Leandro sabe que después de este viaje llegará el momento de detenerse.
Su idea es terminar de instalarse en La Paz, construir su casa y comenzar una vida más estable.
“Va a venir por lo menos una década de quietud”, explica.
Pero antes necesita despedirse de aquello que se transformó en una pasión.
“¿Y cómo me despido de esto? Que es algo que uno se encariña y es un viaje de ida”, dice.
Por eso este viaje tiene que ser distinto.
Más largo.
Más intenso.
Hasta Jujuy.
Cuando pasó por Hernando, Leandro tenía como objetivo llegar a Tancacha o Río Tercero y desde allí continuar hacia el Valle de Calamuchita.
Había, además, una fecha que quería respetar: el viernes debía estar allí porque tocaba Divididos, su banda favorita.
El clima amenazaba con complicar el recorrido, aunque la pausa de la tormenta le abría la posibilidad de continuar al menos hasta Tancacha.
Después vendrían cientos de kilómetros.
El norte.
Jujuy.
Humahuaca.
Y desde allí, bajar por la cordillera hasta Río Negro.
La idea es regresar recién entre marzo y abril de 2027.
La bicicleta no es una máquina especialmente preparada para semejante travesía.
Es una bicicleta rodado 26.
Leandro incluso cuenta, entre risas, que cuando decidió viajar a Uruguay la bicicleta estaba prácticamente sin uso.
“Cuando la agarré para ir a Uruguay estaba al 20%, ahora está al 80 ponele”.
Y la experiencia también fue aprendizaje.
“Imaginate llegar a Uruguay sin freno”, recuerda entre risas.
Hoy bicicleta y viajero parecen formar una sola cosa.
Cuando se le pregunta qué le dejan estos viajes, Leandro no habla primero de paisajes ni de kilómetros.
Habla de personas.
“Esto de compartir con gente, conocer gente, historias nuevas, culturas nuevas. Es lo más lindo que me llevo”.
Ese contacto con otros se convirtió en una de las razones principales de su forma de viajar.
Pero también descubrió algo más íntimo.
La bicicleta le dio independencia, ejercicio y una relación diferente con el entorno.
“Te conecta con vos. Te ayuda mucho al autoconocimiento, a conectarte también con la naturaleza”.
Y también le enseñó a valorar cosas que en la vida cotidiana suelen pasar inadvertidas.
“Llega un momento que ya, sí, hermosa la naturaleza, la disfrutaste un montón en bicicleta, pero ya hace dos horas que estás pedaleando, te cansás de mirar afuera y empezás a mirar adentro”.
Entonces aparece el pensamiento:
“¡Loco, gracias! Gracias, tengo dos piernas”.
Una frase sencilla que resume buena parte de lo que significa para él viajar en bicicleta.
La ruta también obliga a resolver las cuestiones más concretas.
Cuando llega a los pueblos busca dónde quedarse y, dependiendo de las condiciones, puede recurrir a terminales o encontrar alguna alternativa.
No tiene detrás una estructura que lo acompañe.
Su “espalda”, como él mismo la define, son la guitarra y algunas artesanías.
También genera contenido de sus viajes y deja sus redes para quienes quieran seguirlo o colaborar con su recorrido.
Se lo encuentra como @pedaleandro.acordes en Instagram, TikTok y YouTube.
Hay otra parte de su historia que explica muchas de sus decisiones.
Leandro tiene dos hijos, que viven en el sur de Corrientes.
Durante años tuvo que encontrar la manera de sostener el vínculo a pesar de las distancias. Cuenta que llegó a viajar cada mes o mes y medio para visitarlos, recorriendo más de 550 kilómetros.
También vivió durante tres años en el Valle de Calamuchita, a unos 800 kilómetros de ellos.
Entonces buscó otra manera de hacer que esas distancias no fueran solamente una obligación.
“Cuando me separé, traté de buscarle la vuelta para que no sea un garrón viajar a visitar a mis hijos”.
Y encontró una fórmula muy particular.
En lugar de regresar inmediatamente después de visitarlos, continuaba el viaje.
Llegaba al pueblo donde estaban sus hijos y después podía seguir hacia Misiones, Uruguay o cualquier otro destino, para finalmente regresar.
Durante años se movió dentro de un radio de unos mil kilómetros alrededor de ellos.
El viaje, de esa manera, también se convirtió en una forma de mantener el vínculo.
Cuando este viaje termine, Leandro sabe qué quiere hacer.
Dejar la bicicleta por un tiempo.
Instalarse.
Trabajar.
Construir.
Y empezar su propia casa de barro, además de una huerta.
Tiene una mirada particular sobre esa forma de construcción y sostiene que cada vez más personas vuelven a valorar alternativas diferentes al cemento.
“Cuando llego, cuelgo la bicicleta, como quien dice, y a ponerse a laburar firme”, cuenta.
Es el proyecto que espera después de tantos kilómetros.
Una casa.
Una huerta.
Una década de quietud.
Pero antes falta mucho camino.
Por ahora, Leandro sigue pedaleando.
Hernando fue una escala más en un recorrido que recién comienza.
La próxima parada podía ser Tancacha, después Río Tercero, el Valle de Calamuchita y, más adelante, el norte argentino.
Jujuy aparece como el gran objetivo.
Humahuaca, una parada soñada.
La cordillera, el camino de regreso.
Y Río Negro, antes de emprender finalmente el retorno.
Cuando vuelva a Casilda, probablemente la bicicleta quede guardada por un tiempo.
Pero no será el final de los viajes.
Será, en todo caso, el comienzo de otra forma de vida.
Porque Leandro no parece estar buscando solamente un destino.
Está buscando llegar a ese momento en el que pueda mirar hacia atrás y agradecer, como lo hace después de tantas horas de pedaleo, simplemente por tener dos piernas y haber podido seguir adelante.
Buenas rutas, Leandro.




