José “Pepe” Periolo era mecánico, pero su curiosidad y su capacidad para experimentar lo llevaron por un camino poco habitual. En un espacio de trabajo vinculado al Parque Automotor Municipal de Hernando desarrolló durante años una actividad que, para muchos, podía parecer extraña para un mecánico: la cría de gusanos de seda.
No se trataba de una experiencia pequeña o meramente anecdótica. Con el tiempo llegó a manejar cantidades importantes de gusanos, produjo capullos destinados a la comercialización y avanzó también sobre las etapas posteriores, buscando obtener y trabajar el hilo de seda.
Su relación con la actividad venía de años atrás. Las publicaciones periodísticas de comienzos de la década de 2000 señalaban que llevaba aproximadamente una década dedicado a la cría de gusanos de seda. Su experiencia se había construido fundamentalmente a partir de la práctica, la observación y la experimentación, en una época en la que la sericicultura argentina todavía tenía una presencia muy limitada.
La morera ocupaba un lugar fundamental en todo ese proceso. Sus hojas son el alimento del gusano de seda y, por lo tanto, la disponibilidad de árboles suficientes constituye una de las condiciones básicas para desarrollar la producción.
Pepe conocía esa realidad y había construido su experiencia alrededor de ella.
En diciembre de 2002, La Voz del Interior publicó una nota que llevaba un título que hoy resulta especialmente significativo: “Hernando hace escuela con la cría de gusanos de seda”.
Por entonces, según aquella publicación, Periolo tenía más de dos millones de gusanos y una producción estimada de alrededor de 200 kilos de seda por año. La magnitud de esas cifras permite dimensionar que aquello ya no era simplemente una afición personal, sino una actividad que había alcanzado una escala considerable para una experiencia artesanal desarrollada en nuestra ciudad.
Pero quizá lo más importante no estaba en los números.
La experiencia de Pepe comenzaba a despertar interés en otros lugares. La nota contaba que estudiantes de una escuela de Córdoba habían llegado hasta Hernando para conocer el emprendimiento y tratar de reproducir la experiencia en su propio establecimiento.
Ese dato explica por qué el diario hablaba de que Hernando “hacía escuela”. El conocimiento que Periolo había acumulado en sus años de trabajo comenzaba a ser transmitido a otros, y su experiencia servía como referencia para quienes querían acercarse a una actividad que en Argentina todavía tenía un desarrollo reducido.
La dimensión alcanzada por aquella experiencia no puede entenderse solamente a través de la cantidad de gusanos.
Criar gusanos de seda requiere atención permanente. Hay que disponer del alimento necesario, controlar las condiciones ambientales, mantener los espacios en condiciones adecuadas y proteger a los animales de enfermedades y de sus enemigos naturales. En alguna de sus explicaciones, Periolo mencionaba entre estos últimos a los pájaros, las hormigas y los ratones.
Pero además había que saber qué hacer con el capullo una vez que el gusano completaba su ciclo.
Y ahí aparecía otra de las particularidades de Pepe: no quería limitarse a producir la materia prima. También buscaba avanzar en su transformación.
En su taller desarrolló herramientas y mecanismos destinados a trabajar la seda, entre ellos una máquina artesanal relacionada con el devanado y torsión del hilo. Ese aspecto permite comprender mejor el perfil de Periolo: era un productor, pero también alguien acostumbrado a buscar soluciones por sus propios medios, adaptar herramientas y encontrar procedimientos que le permitieran avanzar en la cadena productiva.
Y es precisamente en esa parte de la historia donde vuelven a aparecer los dos llaveros.
Yo vi a Pepe hacerlos.
Los dos llaveros fueron trenzados delante mío, utilizando aquella seda y la máquina artesanal con la que trabajaba. No eran productos comprados ni recuerdos adquiridos en algún comercio. Eran objetos hechos por él, con el mismo conocimiento y la misma paciencia que había puesto durante años en una actividad que, para entonces, ya era reconocida fuera de Hernando.
Durante mucho tiempo no pensé demasiado en ellos. Quedaron guardados junto a otras cosas y siguieron formando parte de mi vida sin ocupar un lugar especial.
Hasta que volvieron a aparecer.
Y entonces cambiaron de significado.
Porque cuando uno vuelve a mirar un objeto después de muchos años, ya no ve solamente el objeto. También ve el momento en que fue hecho, la persona que lo hizo y todo lo que rodeaba aquel instante.
En esos dos llaveros apareció nuevamente Pepe.
Apareció el taller, la máquina, la seda y aquella actividad que durante tantos años había formado parte de su vida.
La historia de Periolo no terminó con las publicaciones de principios de la década.
En noviembre de 2006, TodoAgro lo presentó como “un experimentado sericicultor de Hernando” y difundió su trabajo con un sistema experimental de crianza de gusanos de seda a campo.
La propuesta tenía una particularidad: mantener los gusanos bajo cubierta durante los primeros tres estadios de su desarrollo y luego trasladarlos al campo, directamente sobre las plantas de morera.
Periolo había desarrollado el sistema de manera experimental y señalaba que había obtenido excelentes resultados.
Para entonces hablaba de aproximadamente 1,5 millones de larvas, con una estimación de alrededor de 1,5 millones de capullos anuales. También trabajaba con un espacio cubierto de unos 200 metros cuadrados y buscaba aprovechar al máximo las condiciones disponibles para reducir los costos de producción.
La experiencia demuestra que Pepe no se había limitado a repetir métodos conocidos. Había observado su propia producción y buscado alternativas. Probaba, modificaba y volvía a probar, con el objetivo de encontrar un sistema que pudiera funcionar en las condiciones concretas de Hernando.
En esa búsqueda también aparecían soluciones sencillas. Utilizaba ramas y elementos disponibles para facilitar la construcción de los capullos y buscaba que los animales pudieran desarrollarse directamente sobre las moreras.
Era una forma de producir basada en el conocimiento práctico y en la capacidad de resolver problemas con los recursos disponibles.
La experiencia de Periolo terminó trascendiendo definitivamente el ámbito local.
En octubre de 2009 se realizó el Encuentro Latinoamericano de la Seda y las X Jornadas Nacionales de Sericicultura. En el programa de esas jornadas aparece José Periolo dentro del espacio destinado a las “Experiencias de Producción en Córdoba y Jujuy”.
El dato no es menor.
A esa altura, aquel mecánico de Hernando que había comenzado años antes a criar gusanos de seda era convocado para compartir su experiencia en un encuentro especializado de alcance nacional.
Su historia había pasado de ser una curiosidad local a convertirse en una experiencia productiva que interesaba dentro del ámbito de la sericicultura argentina.
La experiencia de Pepe puede entenderse mejor cuando se la coloca dentro del contexto de la producción de seda en Argentina.
La sericicultura tuvo distintos momentos de desarrollo en el país. Después de períodos de crecimiento, la actividad perdió fuerza, entre otras razones por la expansión de las fibras sintéticas. Luego, especialmente después de la crisis de 2001, comenzó a aparecer nuevamente como una alternativa para pequeños productores y emprendimientos artesanales.
Instituciones como el INTI y la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires trabajaron en capacitación, asistencia técnica, investigación y desarrollo de tecnologías vinculadas con la actividad.
Los estudios realizados sobre la producción artesanal de seda también registraron experiencias desarrolladas en Córdoba y mencionaron a José Periolo entre quienes trabajaban en ese campo.
Esto permite dimensionar de otra manera lo que ocurría en Hernando.
Pepe no estaba desarrollando una actividad aislada de todo lo que ocurría en el país. Su experiencia formaba parte de un movimiento más amplio que buscaba recuperar y desarrollar la producción de seda a pequeña escala.
La sericicultura comienza mucho antes del capullo.
Comienza con la morera, porque sus hojas constituyen el alimento fundamental del gusano. Después viene la cría, el control de las distintas etapas de crecimiento, la formación del capullo y, finalmente, el procesamiento de ese capullo para recuperar el filamento.
Ese filamento puede convertirse en hilo y posteriormente en tejidos, artesanías y distintos productos de mayor valor agregado.
Por eso la producción de seda no termina en el momento en que se obtiene el capullo.
Existe toda una cadena que comprende la cría, la cosecha, el devanado, el hilado, el teñido y la confección.
Pepe había avanzado sobre buena parte de ese camino.
Y eso explica también la importancia de aquella máquina artesanal que tenía en su taller.
No se trataba solamente de producir gusanos.
Se trataba de transformar lo que producían.
Los manuales elaborados por organismos técnicos explican que la sericicultura puede desarrollarse a pequeña escala y sin una inversión inicial extraordinariamente elevada. Lo fundamental es disponer de moreras, contar con un espacio adecuado y tener el conocimiento y la dedicación necesarios para controlar el proceso.
Ese modelo encajaba con la experiencia de Periolo.
No había detrás una gran empresa ni una enorme estructura industrial.
Había un hombre que había aprendido durante años, que conocía sus animales, que había desarrollado sus propios métodos y que además tenía la capacidad de construir o adaptar herramientas.
Quizás allí esté uno de los aspectos más interesantes de su historia.
Pepe no esperaba que todas las respuestas vinieran desde afuera.
Muchas veces buscaba las respuestas por sí mismo.
Las cifras permiten acercarnos a la dimensión que llegó a alcanzar su trabajo.
Más de dos millones de gusanos en 2002, según la publicación de La Voz del Interior.
Alrededor de 200 kilos de seda por año, de acuerdo con esa misma referencia.
Unos 1,5 millones de larvas y una estimación de 1,5 millones de capullos en la experiencia que difundió TodoAgro en 2006.
Un espacio cubierto de aproximadamente 200 metros cuadrados.
Y, posteriormente, la participación en jornadas nacionales.
Son números importantes.
Pero no alcanzan para explicar quién era Pepe.
Para eso hace falta volver al recuerdo personal.
Hay una diferencia entre leer que una persona produjo millones de gusanos y haberla visto trabajar.
Los números permiten dimensionar una actividad.
El recuerdo permite acercarse a quien estaba detrás.
Yo recuerdo a Pepe trabajando con sus manos, explicando lo que hacía y mostrando aquella máquina que había incorporado a su actividad. Y recuerdo especialmente el momento en que hizo esos dos llaveros delante mío.
Con el paso de los años, ese recuerdo adquirió un valor diferente.
Porque Pepe ya no está.
Y porque aquellos objetos sobrevivieron al paso del tiempo.
Hoy, al volver a encontrarlos, aparecen como una especie de puente entre aquella época y el presente.
No son una prueba documental de toda la producción de Periolo. Son otra cosa: son un recuerdo personal y concreto de una persona que convirtió un conocimiento poco habitual en una actividad que desarrolló durante años en Hernando.
José “Pepe” Periolo falleció hace ya varios años. La fecha exacta de su fallecimiento es un dato que todavía debería recuperarse a través de archivos locales, registros familiares o documentación periodística para completar esta reconstrucción.
Pero su historia no terminó con su muerte.
Quedó en las personas que lo conocieron, en quienes se acercaron a su experiencia, en las publicaciones que hablaron de su trabajo y en aquellos documentos que registraron su participación en la actividad.
Y también quedó en objetos.
En mi caso, en dos pequeños llaveros.
Quizás eso sea lo más interesante de toda esta historia.
Durante años, los llaveros estuvieron guardados sin que yo pensara que algún día podían convertirse en el punto de partida para reconstruir la historia de Pepe.
Y sin embargo, ahí estaban.
Esperando.
La historia de Pepe Periolo es también una historia de Hernando.
Una historia que muestra que, en distintos momentos, hubo vecinos capaces de desarrollar actividades diferentes, experimentar con alternativas productivas y construir conocimientos que después trascendieron las fronteras de la ciudad.
Pepe fue mecánico, pero también fue productor, experimentador y capacitador. Criaba gusanos de seda, cuidaba moreras, obtenía capullos, trabajaba el hilo y buscaba mejorar los métodos de producción.
Su experiencia llegó a los diarios, despertó interés en escuelas, fue recogida por organismos y estudios vinculados con la actividad y terminó formando parte de jornadas nacionales de sericicultura.
Todo eso ocurrió desde Hernando.
Y quizás por eso vale la pena recuperar su historia.
Porque muchas veces las ciudades conservan grandes acontecimientos, pero dejan perder pequeñas historias que también explican quiénes somos.
Hoy esos dos llaveros tienen para mí un significado diferente.
Cuando los miro, no veo solamente dos objetos de seda.
Veo a Pepe trabajando.
Veo sus manos.
Veo aquella máquina artesanal.
Veo el taller.
Y recuerdo que detrás de todo aquello había años de trabajo, aprendizaje y experimentación.
No sé si Pepe imaginó alguna vez que esos dos pequeños llaveros iban a permanecer durante tantos años.
Probablemente, para él eran simplemente dos objetos que había hecho en su taller.
Pero el tiempo puede transformar el significado de las cosas.
Aquello que alguna vez fue cotidiano puede convertirse en memoria.
Y esos dos llaveros, que durante años estuvieron guardados, terminaron haciendo justamente eso: conservaron una parte de la historia de Pepe Periolo.
Una historia que comienza con los gusanos de seda, continúa con los capullos, la máquina y el hilo, pasa por las publicaciones periodísticas y los encuentros nacionales, y termina, muchos años después, en dos pequeños objetos que todavía están en mis manos.
Quizás esa sea la mejor manera de volver a contar la historia de Pepe.
No solamente como la historia de un hombre que criaba gusanos de seda, sino como la de un vecino de Hernando que tuvo la curiosidad, la paciencia y la perseverancia necesarias para transformar una idea poco común en una experiencia que llegó mucho más lejos de lo que probablemente imaginó.
Y quizás también como una invitación a seguir buscando.
Porque seguramente todavía existen fotografías, herramientas, documentos, recuerdos y personas que pueden aportar nuevos capítulos a esta historia.
Mientras tanto, dos pequeños llaveros alcanzan para abrir la puerta.
La puerta hacia Pepe.
La puerta hacia sus gusanos de seda.
Y la puerta hacia una parte de la historia productiva de Hernando que merece volver a ser contada.
La producción de seda mediante la cría del gusano de seda, conocida como sericicultura, tiene antecedentes en Argentina que se remontan a varias décadas atrás.
El país tuvo períodos en los que la actividad alcanzó un desarrollo significativo, particularmente durante la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, la aparición y expansión de las fibras sintéticas modificó profundamente el mercado textil y la producción de seda perdió importancia.
Con el paso del tiempo, la actividad comenzó a reaparecer como una alternativa para pequeños productores y emprendimientos artesanales. Después de la crisis económica de 2001 se produjo un nuevo impulso, acompañado por iniciativas de capacitación, investigación y asistencia técnica.
En ese proceso participaron organismos como el INTI y la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires.
El protagonista de la sericicultura es el gusano de seda, principalmente la especie Bombyx mori.
Su alimentación depende fundamentalmente de las hojas de morera. Durante su desarrollo atraviesa diferentes estadios larvales y aumenta considerablemente de tamaño.
Cuando llega el momento de completar su ciclo, construye alrededor de su cuerpo un capullo formado por un filamento continuo de seda.
Ese filamento es la materia prima que posteriormente se recupera mediante el devanado.
De acuerdo con los manuales técnicos de INTI, un filamento individual puede alcanzar aproximadamente entre 500 y 1.200 metros, aunque la longitud depende de la raza, la alimentación y las condiciones de crianza.
La producción de un kilogramo de seda cruda requiere varios kilogramos de capullos, con rendimientos que varían de acuerdo con el sistema utilizado y la calidad de la materia prima.
La morera es uno de los elementos fundamentales de todo el sistema.
Sin alimento suficiente no puede existir una producción importante de gusanos.
Por eso, en la sericicultura, la planificación de las plantaciones de morera es tan importante como la propia cría.
Esta característica explica también una de las cuestiones que señalaba Periolo cuando hablaba de su actividad: la disponibilidad de hojas condicionaba directamente la posibilidad de aumentar la producción.
La relación es sencilla, pero decisiva: más morera significa mayor disponibilidad de alimento y, por lo tanto, mayor capacidad potencial de crianza.
Una de las características que despertó interés en la sericicultura argentina es que puede desarrollarse a pequeña escala.
No necesariamente se necesita una gran infraestructura industrial para comenzar.
El productor requiere principalmente moreras, espacio adecuado, material biológico, conocimiento y dedicación.
Eso permite que la actividad sea complementaria de otras producciones y que pueda desarrollarse en establecimientos pequeños o incluso en emprendimientos familiares y artesanales.
Sin embargo, la baja inversión inicial no significa que sea una actividad sencilla.
El ciclo requiere atención permanente y conocimientos sobre alimentación, temperatura, humedad, higiene, enfermedades y manejo de los animales.
La producción de seda puede detenerse en la venta del capullo, pero también puede avanzar hacia otras etapas de la cadena.
El capullo puede convertirse en hilo mediante el devanado.
El hilo puede ser sometido a procesos de desgomado y teñido.
Posteriormente puede utilizarse para producir tejidos, prendas, artesanías y otros objetos.
Ese proceso de transformación permite aumentar el valor del producto.
Por eso, en los proyectos de desarrollo de la sericicultura argentina, uno de los objetivos fue precisamente avanzar desde la producción primaria hacia productos con mayor valor agregado.
En ese sentido, la experiencia de Periolo resulta especialmente interesante, porque él mismo había desarrollado herramientas para trabajar con la seda y producir objetos.
Los dos llaveros son, en pequeña escala, una muestra de esa transformación.
La sericicultura puede desarrollarse en distintas regiones del país, aunque las condiciones climáticas y la disponibilidad de moreras hacen que determinadas zonas sean más apropiadas.
Los trabajos técnicos del INTI mencionan un amplio territorio potencial, desde sectores de la provincia de Buenos Aires hacia el norte argentino.
Entre las provincias y regiones con condiciones favorables aparecen zonas del centro y norte del país, incluyendo Córdoba, además de provincias como Tucumán, Jujuy, Salta, Chaco y Misiones.
La actividad, sin embargo, sigue teniendo en Argentina una dimensión reducida frente a la producción mundial de seda.
Uno de los problemas históricos fue precisamente la falta de una estructura de mercado consolidada y de un volumen productivo suficiente para desarrollar una cadena industrial de gran escala.
Por eso el modelo argentino ha tenido una fuerte presencia de pequeños productores y artesanos.
Dentro de ese mapa nacional, Córdoba tuvo experiencias particulares de producción.
Y entre ellas aparece la de José Periolo en Hernando.
Su nombre fue registrado en trabajos vinculados con la producción artesanal de seda y posteriormente apareció en programas de jornadas nacionales de sericicultura.
En 2009, Periolo participó en las X Jornadas Nacionales de Sericicultura, dentro del espacio destinado a experiencias productivas de Córdoba y Jujuy.
Es decir que su trabajo había alcanzado un nivel de reconocimiento suficiente como para ser presentado junto con otras experiencias de producción.
La recuperación de la sericicultura argentina estuvo vinculada en buena medida con la búsqueda de alternativas productivas para pequeños productores.
Después de la crisis de 2001, distintos organismos comenzaron a trabajar nuevamente sobre la actividad.
El INTI desarrolló manuales, capacitación y tecnologías apropiadas, mientras que universidades y otros organismos participaron en investigación y transferencia de conocimientos.
Más adelante surgieron programas de cooperación internacional destinados a fortalecer la cadena de la seda en América Latina, entre ellos el denominado Proyecto Seda.
El objetivo no era solamente producir más.
También se buscaba generar ingresos, agregar valor localmente y transformar los recursos disponibles en productos comercializables.
La historia de Pepe permite entender una característica particular de la sericicultura.
El conocimiento tiene un peso enorme.
Dos productores pueden disponer de una cantidad similar de moreras y comenzar con una cantidad semejante de gusanos, pero obtener resultados diferentes según cómo manejen la alimentación, la temperatura, la humedad, la higiene y el ciclo productivo.
Por eso la capacitación resulta fundamental.
Y por eso también tiene valor la experiencia acumulada por productores que trabajaron durante años.
Pepe aprendió haciendo.
Después transmitió parte de ese conocimiento.
Y finalmente su experiencia quedó registrada en publicaciones y jornadas especializadas.
La sericicultura probablemente nunca haya sido una de las grandes actividades económicas de Hernando.
Pero la historia de Periolo demuestra que una actividad pequeña puede adquirir una dimensión mucho mayor cuando detrás existe una persona con curiosidad, capacidad de trabajo y voluntad de experimentar.
Pepe hizo eso durante años.
Criaba gusanos, cuidaba moreras, obtenía capullos, trabajaba la seda y buscaba desarrollar herramientas y sistemas que le permitieran mejorar la producción.
Su experiencia llegó a los medios de comunicación, despertó interés en escuelas, fue incluida en trabajos vinculados con la producción artesanal de seda y terminó formando parte de encuentros nacionales.
Hoy, cuando aquella actividad ya pertenece al pasado, quedan las publicaciones, los registros y los recuerdos.
Y, en mi caso, quedan también aquellos dos pequeños llaveros que Pepe hizo delante mío.
Quizás sean solamente dos objetos.
Pero también pueden ser una manera de volver a abrir una historia.
Una historia que comenzó con una morera y unos gusanos de seda, que creció en un taller de Hernando y que terminó llevando el nombre de Pepe Periolo mucho más lejos de lo que seguramente imaginó.




