Ese regreso no es una decisión inmediata. Es un proyecto para más adelante. Mientras tanto, Tatiana va y viene, trabaja junto a su padre en la actividad agropecuaria y se ocupa de cuestiones administrativas vinculadas al campo. Es una manera de seguir cerca de ese mundo que conoce desde niña y que, de alguna manera, nunca dejó.
Hace poco tiempo asumió un nuevo desafío: es la presidenta del Consorcio Caminero de Las Isletillas.
No es un dato menor. Según cuenta, actualmente son solamente dos las mujeres que presiden consorcios camineros en toda la provincia de Córdoba.
Pero Tatiana no se detiene demasiado en esa condición.
“Yo la verdad que no le doy tanto peso a eso”, explica.
Su llegada a la comisión tuvo, además, un componente familiar. Su padre, quien era el presidente saliente, la convocó para que se sumara.
“Mi papá me convocó para que formara parte de la comisión y en la reunión se decidió a ver quién se animaba, quién podía estar y bueno, acá estamos enfrentando el desafío”, relata.
La responsabilidad, sin embargo, no es nueva en su vida. Desde chica escuchó hablar en su casa de los consorcios, los caminos, las gestiones y las necesidades de la zona.
La diferencia es que ahora dejó de escuchar “de oído” para empezar a vivir esas cuestiones desde adentro.
“Ahora con mucha más responsabilidad, involucrándome mucho más, porque siempre fue tocar de oído, pero ahora ver las necesidades que hay para la zona”, explica.
Y el momento no podría ser más significativo.
La obra de la ruta que atraviesa la zona está modificando la realidad de Las Isletillas y también plantea nuevos desafíos para el consorcio. La aparición de nuevos caminos secundarios y la necesidad de mantenerlos en condiciones para que los vecinos puedan acceder a la nueva vía forman parte de las tareas que deberán afrontar.
“Es una obra tan ansiada, tan esperada”, reconoce Tatiana.
Ser presidente de un consorcio caminero implica mucho más que ocuparse de una máquina o de un camino.
Hay que gestionar.
Y mucho.
Tatiana lo resume con una frase que refleja buena parte de la tarea cotidiana: “Es gestionar, gestionar y gestionar”.
Hay que pedir presupuestos, presentar obras, recorrer oficinas, hablar con funcionarios, insistir y esperar.
“Hay que ir a todos los lugares donde estén los directivos de Agroindustria”, explica.
También estuvo junto al gobernador en distintas oportunidades para plantear las necesidades de la zona.
“Estar ahí, hacer acto de presencia, saludar y pedir, pedir, pedir, pedir. En algún momento se dan las cosas”, cuenta con una mezcla de naturalidad y perseverancia.
El sistema tiene sus tiempos y sus procedimientos. Las obras deben planificarse con anticipación y los presupuestos se solicitan para el año siguiente. También existen fondos de emergencia, pero el camino hasta conseguir respuestas puede ser largo y burocrático.
Para Tatiana, la fórmula es sencilla, aunque no necesariamente fácil: insistir.
Su condición de mujer y de joven genera sorpresa en distintos ámbitos.
Incluso el gobernador hizo referencia a esa particularidad.
Pero Tatiana prefiere quitarle dramatismo.
“No le doy tanta importancia”, sostiene.
Para ella, no está sola frente al desafío. Forma parte de una comisión y su objetivo es conseguir soluciones que beneficien a todos.
“Yo voy como parte del consorcio porque aparte de ser yo hay un montón de gente en la comisión. Entonces el objetivo es ir y conseguir cosas que nos beneficien a todos”.
Su presencia, sin embargo, también pone sobre la mesa otra cuestión: la necesidad de que más jóvenes se involucren en las instituciones de las pequeñas comunidades rurales.
“Falta gente joven en las comisiones que se involucre, que tenga ganas de participar”, señala.
Y ahí aparece otra parte importante de su historia.
Porque Tatiana no comenzó ahora a participar.
En Las Isletillas aprendió desde chica que las instituciones se sostienen con el compromiso de sus propios habitantes.
Sus padres fueron parte de esa cultura de participación y ella y su hermana crecieron viendo y acompañando ese trabajo.
“Siempre, históricamente, en las fiestas patronales, ir a ser de mozo, ir a atender, estar en el bufet, siempre trabajando, ir a hacer la mayonesa casera”, recuerda.
En un pueblo pequeño, las personas disponibles para colaborar no sobran.
“Terminamos siendo siempre los mismos”, dice.
Y detrás de esa frase hay una filosofía que Tatiana parece haber incorporado desde niña:
“Si no trabajamos nosotros, no va a venir nadie de afuera a trabajar”.
No habla de política partidaria. De hecho, aclara que nunca tuvo interés en la política.
Lo suyo pasa por otro lado: las instituciones intermedias, el trabajo comunitario y la posibilidad de hacer algo concreto por el lugar donde vive.
“La idea es hacer para el beneficio del pueblo, nada más”, resume.
La historia de Tatiana también permite entender cómo era crecer en el campo cuando llegar a Las Isletillas era una aventura mucho más complicada que en la actualidad.
Hizo la primaria y la secundaria viviendo en la zona rural.
Durante algunos años no hubo transporte de la comuna y ella y su hermana tuvieron que trasladarse en automóvil hasta el pueblo.
Tenían 14 o 15 años y manejaban por caminos de tierra, con barro y tormentas.
Si pinchaban una rueda y no alcanzaba el auxilio disponible, había que esperar que alguien pasara.
No había prácticamente señal de celular.
Y si llovía fuerte, tampoco había demasiado margen para improvisar.
“Era todo una logística”, recuerda.
Sus padres podían avisarles que se aproximaba una tormenta y ellas tenían que salir rápidamente para evitar quedar aisladas.
Hoy, esas situaciones parecen difíciles de imaginar. Para Tatiana, fueron simplemente parte de la infancia.
Una infancia que, lejos de recordar con nostalgia solamente, reconoce como una experiencia que la formó.
Cuando le preguntan cuánto influyó haber crecido en el campo en la persona que es hoy, encuentra una respuesta muy concreta:
“En cuanto a la simplicidad y a la resolución”.
Y lo explica con una frase todavía más contundente:
“O resolvés o resolvés en el campo”.
En la ruralidad no existe la posibilidad de bajar a la esquina a comprar lo que falta.
Hay que anticiparse.
Hay que pensar.
Y cuando algo no está disponible, hay que buscar la manera de resolverlo.
Tatiana cree que esa forma de vida terminó trasladándose a todos los ámbitos de su vida.
“Hoy en día yo creo que la capacidad que tengo de resolver cosas, de hacer, ya sea en mi casa, ya sea laboralmente, para cualquier cosa, viene un poco de ahí”.
También rescata la libertad que sus padres les dieron a ella y a su hermana.
En una época con pocas pantallas y mucho espacio abierto, inventaban juegos, construían pequeñas chozas, buscaban herramientas y ramas y armaban sus propios mundos.
“Siempre jugando, siempre jugando afuera, jugando y creando”, recuerda.
Y no duda cuando define aquella infancia:
“La infancia que hemos tenido es lejos la mejor”.
Tatiana se fue a estudiar y después construyó su vida en Córdoba.
Pero el vínculo con el campo permaneció intacto.
Actualmente trabaja junto a su padre en la actividad agropecuaria y comienza a involucrarse formalmente en las tareas vinculadas a la administración del establecimiento.
También conoce el trabajo de las máquinas.
Maneja cosechadoras y disfruta aprender cómo funcionan.
Su explicación vuelve a mostrar una característica de su personalidad: la curiosidad.
“Soy muy curiosa, me gusta saber cómo funciona”, cuenta.
Sin embargo, reconoce que lo que más disfruta no es necesariamente manejar una máquina, sino estar cerca de quienes trabajan en el campo.
Ir a la cosecha.
Compartir una comida en la casilla.
Sentarse a charlar.
Saber cómo están quienes forman parte del equipo.
En su familia, además, los trabajadores llevan muchos años y terminaron convirtiéndose prácticamente en parte de la familia.
“Da gusto ir a comer a la casilla, ir a sentarme a charlar”, cuenta.
Quizás uno de los aspectos más emocionantes de la conversación aparece cuando Tatiana habla de la ruta.
Para quienes nacieron en Las Isletillas, durante muchos años la posibilidad de contar con una ruta parecía casi imposible.
Primero fue un sueño el ripio.
Después, durante años, llegar hasta el campo significó atravesar caminos de tierra, barro y desvíos.
Ella misma recuerda cómo, cuando era adolescente, debía manejar por esos caminos para poder ir al colegio.
“Ya el ripio era una cosa impensable”, recuerda.
Y también recuerda a quienes decían que la ruta nunca llegaría.
Hoy, prácticamente puede llegar hasta la entrada de su casa por una ruta.
El cambio es enorme.
“Hoy en día llegar en una ruta es una locura”, reconoce.
Para alguien que creció atravesando aquellos caminos, la transformación tiene una dimensión difícil de explicar.
Y no es solamente una cuestión de comodidad.
Es conectividad.
Es seguridad.
Es acceso.
Es posibilidad de permanecer.
Tatiana tiene una vida armada en Córdoba. Su pareja es de Villa Dolores, también conoce el interior y ambos tienen allí su casa, sus trabajos y su vida social.
Pero el campo sigue apareciendo en el horizonte.
No sabe cuándo será.
No plantea un regreso inmediato.
Pero sabe que quiere volver.
Porque hay una parte de su vida que quedó allá.
En la casa de sus padres.
En los caminos.
En las máquinas.
En las personas con las que compartió tantos años.
En la comunidad de Las Isletillas.
Y en una forma de vivir que, aunque pueda parecer lejana desde la ciudad, para ella sigue teniendo un valor profundo.
Por eso, cuando imagina una futura familia, también imagina a sus hijos creciendo cerca del campo.
Le gustaría que conocieran esa vida.
Aunque reconoce que algunas de las experiencias que marcaron su infancia probablemente ya no sean posibles.
Quizás sus hijos no tengan que manejar un auto por el barro para llegar al colegio.
Quizás nunca tengan que esperar que alguien los auxilie porque quedaron encajados.
Quizás nunca sepan lo que era salir apurados porque se venía una tormenta y el camino podía quedar intransitable.
Pero Tatiana quisiera transmitirles algo de aquella experiencia.
Porque para ella, crecer en el campo fue mucho más que vivir en un lugar determinado.
Fue aprender a resolver.
A trabajar.
A compartir.
A valorar la comunidad.
A involucrarse.
Y, sobre todo, a entender que los lugares pequeños también necesitan personas dispuestas a quedarse, participar y defenderlos.
Tatiana Torti es hoy una de esas personas.
Una mujer joven al frente de un consorcio caminero.
Una hija que continúa una historia familiar.
Una profesional que va y viene entre Córdoba y el campo.
Y, por encima de todo, alguien que todavía cuando habla de aquella casa rural dice simplemente: “mi casa”.
Porque quizás uno pueda irse del campo.
Pero hay campos de los que nunca se termina de volver.




