No porque los dirigentes actuales carezcan necesariamente de virtudes, sino porque San Martín reunió en una misma persona características que rara vez aparecen juntas en el ejercicio del poder: una enorme capacidad estratégica, austeridad personal, disciplina, sentido de misión, liderazgo, capacidad para tomar decisiones difíciles y, sobre todo, un notable desapego del poder personal.
Y justamente este último aspecto es el que hace que la comparación resulte tan difícil.
San Martín no construyó su vida alrededor de la búsqueda de un cargo.
Su objetivo era otro: la independencia de América.
El poder político y militar era para él una herramienta para alcanzar ese propósito.
Cuando entendió que su permanencia en el Perú podía convertirse en un obstáculo para continuar la campaña libertadora, se apartó.
Después de su encuentro con Simón Bolívar en Guayaquil, en 1822, San Martín abandonó la conducción política y militar del Perú y regresó a Europa.
Ese gesto resulta particularmente interesante cuando se lo observa desde la política contemporánea.
En la actualidad, la política suele estar asociada a elecciones, cargos, internas partidarias, construcción de liderazgo, permanencia y sucesión.
San Martín hizo algo diferente: cuando consideró que su misión estaba cumplida o que otro podía continuarla, se retiró.
Si hubiera que encontrar un político argentino que se aproxime a San Martín por su relación personal con el poder, probablemente el nombre más interesante sea Arturo Umberto Illia.
No fueron iguales. Ni pertenecieron a la misma época, ni tuvieron los mismos objetivos, ni ejercieron el poder de la misma manera.
Pero existe una coincidencia profunda: la austeridad personal y la concepción del poder como servicio.
Illia llegó a la Presidencia de la Nación y mantuvo un estilo de vida austero. Después de ser derrocado en 1966, continuó viviendo de una manera alejada de los privilegios que suelen asociarse al poder.
San Martín también mantuvo una relación particular con los bienes materiales y los honores.
Para ambos, la función pública parecía estar por encima del beneficio personal.
Aunque no es argentino, José “Pepe” Mujica ofrece otro punto de comparación.
El expresidente uruguayo construyó buena parte de su identidad política alrededor de la sencillez y el rechazo a los privilegios.
San Martín también fue austero y tuvo una relación distante con los honores.
Pero hay una diferencia decisiva: Mujica fue un político democrático contemporáneo, mientras que San Martín fue un militar revolucionario que actuó en el proceso de independencia americana.
La comparación sirve, entonces, para observar una característica personal, no para equiparar sus proyectos políticos.
Aquí la comparación se vuelve todavía más complicada.
Puede encontrarse en distintos dirigentes alguna característica que recuerde parcialmente al Libertador.
En Mauricio Macri, por ejemplo, puede observarse una concepción estratégica y una mirada de largo plazo sobre determinadas transformaciones. También existe el dato de que llegó a la política nacional desde un ámbito diferente al de la política tradicional.
En Javier Milei, puede reconocerse la convicción de llevar adelante una transformación profunda y sostener determinadas ideas frente a fuertes resistencias.
Pero las diferencias son enormes.
San Martín no fue un dirigente partidario, no participó de elecciones como las conocemos actualmente y no construyó su liderazgo sobre una estructura política moderna.
Y, fundamentalmente, su relación con el poder fue diferente.
San Martín no necesitaba conservar el poder para demostrar que tenía razón.
Quizás aquí esté la clave.
Podemos encontrar dirigentes actuales con capacidad estratégica.
Podemos encontrar dirigentes austeros.
Podemos encontrar políticos con convicciones firmes.
Podemos encontrar líderes capaces de sostener sus ideas frente a la adversidad.
Pero resulta mucho más difícil encontrar las cinco características juntas:
estrategia, austeridad, liderazgo, sentido de misión y desapego del poder.
San Martín tuvo la posibilidad de convertirse en una figura política de enorme influencia en una América recién independizada.
Sin embargo, eligió retirarse.
No intentó convertirse en un gobernante permanente.
No construyó una dinastía.
No buscó perpetuarse en el poder.
No convirtió sus victorias militares en una plataforma personal de poder político.
Y allí aparece una de las grandes enseñanzas de su vida.
Tal vez la comparación con la política argentina actual permita comprender mejor a San Martín.
En política, el poder puede ser entendido de dos maneras.
Puede ser un objetivo: llegar, permanecer, acumular influencia, conservar espacios y construir una carrera.
O puede ser un instrumento: alcanzar determinados objetivos y, una vez cumplidos, estar dispuesto a dejarlo.
San Martín pertenece claramente al segundo grupo.
Y esa característica explica buena parte de la dimensión histórica de su figura.
Su grandeza no estuvo solamente en ganar batallas.
Estuvo también en saber cuándo avanzar, cuándo negociar, cuándo resistir y cuándo retirarse.
San Martín fue un líder enorme, pero no construyó su proyecto alrededor de la idea de que la Nación dependía exclusivamente de él.
Esa diferencia es fundamental.
El Ejército de los Andes no fue simplemente “el ejército de San Martín”. Fue una construcción colectiva.
Participaron soldados, oficiales, campesinos, artesanos, mujeres, comerciantes, gobernadores y miles de personas que hicieron posible una campaña que, sin esa colaboración, hubiera sido imposible.
San Martín lideró, organizó y condujo.
Pero entendió que una causa histórica siempre es más importante que quien circunstancialmente la encabeza.
Es imposible saberlo.
Pero su vida permite imaginar algunas preguntas incómodas.
¿Para qué se busca el poder?
¿Para transformar una realidad o para conservar una posición?
¿Se está dispuesto a perder una elección por defender una convicción?
¿Se puede reconocer que otro tiene una mejor estrategia?
¿Se puede abandonar un cargo cuando ya no se es necesario?
¿Puede un dirigente aceptar que la obra colectiva es más importante que su propio nombre?
Son preguntas que no tienen una respuesta partidaria.
Son preguntas sobre el ejercicio del liderazgo.
Por eso, quizás la mejor respuesta a la pregunta inicial sea que San Martín no se parecería completamente a ningún político argentino actual.
Podríamos encontrar algo de Illia en su austeridad.
Algo de otros dirigentes en su capacidad estratégica.
Algo de algunos líderes contemporáneos en su determinación para enfrentar estructuras establecidas.
Pero el conjunto es difícil de encontrar.
Porque San Martín fue una combinación excepcional de talento militar, visión política, disciplina personal, austeridad y capacidad para renunciar al poder.
Y quizás allí esté la verdadera actualidad de su figura.
En un tiempo en el que la política suele medirse por elecciones, encuestas, cargos y niveles de aprobación, San Martín plantea otra vara:
¿Qué está dispuesto a sacrificar un dirigente por aquello que dice defender?
El 17 de agosto no solamente recuerda al hombre que cruzó los Andes.
También recuerda a un hombre que, después de alcanzar una posición de enorme poder, supo retirarse.
Y tal vez esa sea la parte de su legado que más cuesta encontrar cuando se intenta compararlo con la política argentina de hoy.
Porque, finalmente, la grandeza de San Martín no estuvo solamente en haber llegado a la cima del poder, sino en haber entendido que la cima no le pertenecía.



