Pero hay otra manera de mirar al viento: no solamente como un fenómeno físico, sino también como una oportunidad para detenernos a pensar qué nos pasa cuando todo alrededor parece estar en movimiento.
Para Aye Herranz, de Rizoma Terapias, el viento puede representar mucho más que una condición climática.
“El viento representa las ideas, los cambios, la limpieza, el dejar ir y el recibir. Y también la fricción”, plantea.
Desde esa mirada, agosto puede ser un mes particularmente movilizador. La energía del movimiento puede hacernos sentir más mentales, desordenados o inquietos. También puede aparecer una mayor tendencia a reaccionar, a generar “chispazos” en los vínculos o a sentir que necesitamos resolver todo rápidamente.
Por eso, uno de los mensajes que propone Aye para este mes es recuperar algo que muchas veces queda relegado: la paciencia.
También invita a revisar aquello que nos tomamos personalmente. No todo lo que sucede a nuestro alrededor tiene que ver con nosotros, y aprender a distinguirlo puede ser una manera de atravesar mejor esos momentos en los que sentimos que estamos siendo arrastrados por el viento.
Hay una imagen que ayuda a entenderlo: la de un árbol.
El viento mueve sus ramas, las sacude y las obliga a flexibilizarse. Pero el árbol permanece en pie gracias a aquello que no vemos: sus raíces.
Aye propone trasladar esa imagen a nuestra propia vida: ¿qué es lo que nos mantiene firmes cuando todo se mueve?
Puede ser el contacto con nuestro cuerpo, con las personas que queremos, con nuestras actividades, con la naturaleza o con aquello que nos hace sentir presentes.
En tiempos en los que la cabeza parece viajar a toda velocidad, volver al cuerpo puede convertirse en una herramienta sencilla. Respirar, caminar, sentir los pies sobre el suelo, prestar atención al momento presente o simplemente detenerse unos minutos pueden ayudar a recuperar esa sensación de arraigo.
Porque cuando la mente “se va como el viento”, quizás sea necesario volver a aquello que nos conecta con el aquí y el ahora.
Otra de las propuestas de Aye tiene que ver con aprender a dejar fluir.
A veces intentamos resistir permanentemente los cambios: aquello que aparece inesperadamente, lo que nos obliga a modificar un plan o incluso aquello que nos devuelve hacia un lugar que creíamos haber dejado atrás.
Pero el viento también puede enseñarnos otra posibilidad: dejarse llevar para descubrir hacia dónde conduce ese movimiento.
Eso no significa perder el rumbo ni renunciar a nuestras decisiones. Significa aceptar que no todo puede ser controlado y que algunos movimientos inesperados pueden traer algo para reflexionar, cambiar, sostener o descubrir.
Agosto, entonces, puede ser una invitación a preguntarnos qué necesitamos soltar, qué queremos recibir y qué vale la pena sostener.
En lo concreto, el mes del viento también nos recuerda algo tan sencillo como importante: hidratarse.
El aire seco puede aumentar la sensación de sequedad en la piel y los labios, por lo que el consumo adecuado de agua y el cuidado de esas zonas forman parte de las pequeñas estrategias para atravesar mejor el mes.
Pero Aye suma otra recomendación que excede el cuidado físico: buscar refugio en aquello que amamos y que nos gusta.
Actividades que nos conectan con el disfrute, con los afectos, con la creatividad o con la naturaleza pueden ayudar a “darle voz al corazón y bajarle el volumen a la cabeza”.
Tal vez allí esté una de las claves de agosto.
Porque el viento puede incomodar, enfriar, desordenar y obligarnos a movernos. Pero también puede limpiar, renovar y abrir espacios nuevos.
El viento no pide permiso. Llega, mueve, transforma y después se va.
Quizás por eso su presencia pueda convertirse también en una metáfora de la vida: hay momentos para resistir, otros para sostenerse y otros para flexibilizarse y dejar que algo nuevo encuentre su lugar.
En este agosto frío, seco y ventoso, la propuesta puede ser sencilla: cultivar la paciencia, no tomarnos todo personalmente, volver al cuerpo, beber agua, cuidar lo que se reseca y prestar atención a aquello que nos sostiene.
Y cuando la mente se llene de ruido, quizás sea momento de bajar el volumen y escuchar qué está diciendo el corazón.
Porque algunas veces el viento no viene solamente a movernos.
También viene a mostrarnos qué tan profundas son nuestras raíces.



