El mástil fue inaugurado el 10 de diciembre de 1944, convirtiéndose desde entonces en un punto de encuentro, celebración y memoria colectiva: escenario de festejos de mundiales, actos escolares, eventos comunitarios y todo tipo de reuniones espontáneas que, generación tras generación, lo han consolidado como un verdadero testigo de la vida social hernandense.
Para Celli, su presencia no sólo representa la enseña patria flameando cada día, sino que además “hermosea la plaza” y se ha transformado en el rincón preferido para quienes dan la clásica vuelta por el centro y eligen sentarse unos minutos junto a la estructura histórica.
El escritor recordó que años atrás existió una propuesta para retirarlo y construir en ese sector un pequeño anfiteatro. Sin embargo, la comunidad rechazó inmediatamente la idea debido al enorme valor afectivo y simbólico del mástil dentro de la plaza.
“Es el vigía diario de todos los que pasan”, señaló Celli, celebrando que se haya mantenido intacto en su estructura original. La única modificación incorporada fue una escalinata, añadida durante una conmemoración del 30 de enero, con el fin de facilitar la tarea de izado de la bandera.
Antes de despedirse, Celli sumó un dato curioso que sigue despertando interés: nunca se supo quién donó el busto del General San Martín. A diferencia del reloj del Rotary o el reloj del Centenario, cuyo origen está documentado, el busto apareció sin que nadie pudiera precisar quién fue su benefactor.




