Casa Roggero fue mucho más que una tienda de ropa. Fue mercería, fue telas, fue confecciones y fue, sobre todo, punto de encuentro.
“Vendíamos desde bobinas de hilo hasta un corte de tela. La gente del campo venía una vez al mes y llevaba piezas completas de 20 metros de lienzo. Con eso hacían de todo: pantalones, jardineros, bombachas, hasta ropa interior”, recuerda.
El fuerte de aquellos años estaba ligado al movimiento rural. Las familias de las colonias bajaban al pueblo a abastecerse y la tienda era parada obligada. Con el tiempo, el perfil fue cambiando y el comercio supo adaptarse: se especializó en blancos, sábanas, toallas y artículos clásicos que le permitieron sostenerse en épocas de transformación.
Uno de los rasgos distintivos de Casa Roggero fue la confianza.
“Teníamos una línea de crédito para todo el mundo. Si me quedaron tres facturas sin cobrar, es mucho”, afirma. No había firmas ni garantías formales: la palabra alcanzaba. “Era blanco o negro. La gente cumplía”.
Esa relación fue construyendo algo más que clientela: amistades. “Eso es lo que más rescato. Conozco gente hace 40 o 50 años. Es más que una relación de cliente y comerciante”.
Víctor sostiene que el secreto estuvo siempre en el respeto: “Vos podés tener mil problemas, pero no podés tirárselos encima al cliente. Vivís de la gente”.
El 80% de la clientela eran mujeres, y la confianza alcanzó niveles casi familiares. Entre risas, recuerda anécdotas de clientas que, con total naturalidad, le pedían opinión sobre prendas íntimas. “No por otra cosa, sino porque me tenían confianza. Siempre con respeto”, aclara.
No todo fue sencillo. Uno de los episodios más duros fue el asalto que sufrió junto a su esposa Ana María. Los delincuentes los sorprendieron dentro del local, los maniataron y los amenazaron con un cuchillo.
“Fue algo terrible anímicamente. Hasta hoy, cuando subimos la escalera de noche, lo recordamos”, confiesa.
A lo largo de los años también atravesaron dificultades de salud y golpes personales. Sin embargo, la fortaleza se mantuvo. “Hay que tener fuerza para darle para adelante. Si uno está mal, nadie te va a levantar anímicamente”.
¿En qué se sostiene? “En mi familia. Y en la fe. Soy creyente”.
La decisión de cerrar se debe también a la falta de continuidad generacional. Sus hijos eligieron otros caminos profesionales. “No tenemos continuadores, así que decidimos cerrar. Pero no me voy a quedar sin hacer nada. Tengo ganas de seguir activo”.
Con la serenidad de quien hizo el recorrido completo, Víctor resume su balance con humildad: “Plata no hice, te lo puedo asegurar. Me alcanza para vivir a mi manera. No me voy todos los días a Europa, pero soy feliz así como estoy”.
Hoy, Casa Roggero baja sus persianas, pero queda en la memoria colectiva como una de las grandes referencias comerciales de Hernando. Un negocio que acompañó modas, generaciones y cambios profundos en la manera de vender y de vivir.
Y detrás del mostrador, un hombre que hizo del respeto, la confianza y la palabra su mayor capital.
PARA VER LA ENTREVISTA EN VIVO, HACER CLIC:
(20+) Facebook




