Y entonces me pregunto —nos preguntamos— si realmente estamos peor que antes o si lo que cambió es la manera en que estamos parados frente a lo que nos toca vivir. Porque la Argentina ha atravesado momentos muy duros, y este es uno más. Pero hay algo distinto en el clima social, en la forma en que se vive, en cómo nos impacta.
Hay un efecto contagio. El pesimismo circula, se instala, se reproduce. Una conversación lleva a otra, y en poco tiempo el tono general se vuelve negativo. Todo parece girar en torno a lo que falta, a lo que sube, a lo que no alcanza. Y claro que la economía influye —es la base de todo—, pero no alcanza para explicar todo lo que está pasando.
En ese contexto, también noto algo que me preocupa: la dificultad para escucharnos. Las discusiones se vuelven más intensas, más rígidas. Las posiciones se endurecen. Cuesta aceptar la mirada del otro. Incluso en espacios cercanos, entre amigos o conocidos, cualquier tema puede escalar a niveles de tensión que antes no eran tan habituales.
Hay una sensibilidad distinta. Una especie de irritabilidad social que se suma al cansancio y lo potencia.
Y a la vez, aparecen señales que invitan a pensar. Alguien me decía días atrás que observaba largas filas… pero no en supermercados, sino en farmacias. Y la imagen me quedó dando vueltas. ¿Qué nos está pasando? ¿Qué nos duele como sociedad?
Por eso creo que es necesario empezar a mirar este fenómeno con más profundidad. No solo describirlo, sino tratar de entenderlo. Buscar herramientas, apoyarnos en quienes estudian estos procesos —psicólogos, sociólogos— y tratar de encontrar alguna respuesta.
Pero también, y esto es clave, intentar corrernos un poco del lugar en el que estamos parados. No para negar la realidad, sino para no quedar atrapados en ella. Porque si el pesimismo se contagia, también debería poder contagiarse otra cosa: la posibilidad de reconstruir desde lo que sí tenemos.
Volver a poner en valor lo esencial. La salud, la familia, el trabajo, los vínculos. No como una frase hecha, sino como un anclaje real en medio de la incertidumbre.
No es sencillo. No hay recetas mágicas. Pero sí hay una certeza: si seguimos profundizando esta sensación colectiva de desgaste, va a ser cada vez más difícil salir.
Tal vez el primer paso sea ese: reconocer lo que nos pasa, pero no quedarnos ahí. Empezar a buscar, entre todos, una forma distinta de atravesarlo.




