LA NOTA FUE PUBLICADA CON LA FIRMA DE GUSTAVO HERRANZ EN LA VOZ DEL
INTERIOR EN EL AÑO 2000.
SE DEJA TAL CUAL FUE REDACTADA, ACLARANDO QUE LOS ENTREVISTADOS YA
DESAPARECIERON FÍSICAMENTE.
Hernando. En estas tierras, campo adentro, son muchas las
historias derivadas de los inmigrantes y sus vivencias. Lugares, anécdotas y
personajes forman un legado cultural regional muy amplio.
Un ejemplo se encuentra a 15 kilómetros de Hernando, por camino de tierra, en
el poblado denominado Campo Bara. Un paraje muy pequeño, desconocido por muchos
aún en esta zona, en el que conviven la escuela rural Roque Sáenz Peña, el club
Adolfo Alsina y la capilla San Valeriano. Cada una de esas construcciones
constituyen un puñado de historia que merece ser conocida. Pero la fundamental
es la capilla.
Seis generaciones
Cada 30 de agosto, más de 100 personas provenientes de distintos puntos de la
provincia se dan cita en este lugar en pleno campo. Son parientes de hasta
sexta generación de don Santiago Bara, un hombre que, como inmigrante, llegó
hace casi 100 años a la Argentina, desde su Italia natal.
Después de recorrer distintas localidades del interior cordobés, compró sus
tierras en el sitio que con el paso de los años, y hasta hoy, llevaría su
nombre: Campo Bara.
De sus 12 hijos sólo queda con vida Anita, una mujer de 91 años que fue testigo
(en 1922, cuando tenía 11 años) de la fundación de la capilla por parte de su
padre. Desde entonces, Anita jamás se perdió un aniversario familiar de estas
características.
La promesa cumplida
Santiago Bara traía desde Italia una promesa muy particular. Cuando era niño,
recorría Cabour –su lugar de nacimiento en la zona del Piamonte italiano– cuando
cayó a una acequia congelada. A raíz de este accidente, sus piernas quedaron
sin movimiento y sus padres pidieron ayuda a la gente del lugar.
Fue así como les recomendaron llevar al niño a una capilla levantada en honor a
San Valeriano, a quien consideraban un santo milagroso y lo llamaban “el
patrono de las piernas”.
Así lo hicieron. “Lo taparon con guano de vaca durante tres días; no se sabía
si estaba vivo. Para saber si respiraba, una mujer le colocó un espejo frente a
la boca esperando que se empañara. Y mi papá salió de allí caminando”, relata
entre lágrimas Anita, evocando la historia relatada una y otra vez por su
padre.
“Mi abuelo le dijo a mi padre que cuando fuese mayor debería hacerle una gruta
a San Valeriano para agradecerle por haberle salvado la vida. Mi padre llegó a
estos campos entre 1916 y 1920. Fueron las primeras tierras que compró en
Argentina. Y cumplió esa promesa el 30 de agosto de 1922”, agregó.
En esa capilla, Anita tomó la primera comunión, se casó, y festejó las bodas de
plata, oro y brillante de su matrimonio.
Tiempo atrás, los descendientes de la familia llegaban a Campo Bara dos veces
al año: cada 14 de abril, día de San Valeriano, y cada 30 de agosto, día de la
fundación de la capilla. Ultimamente, pero con la misma convocatoria, la
recordación se repite sólo una vez al año.
Haydeé Riva, esposa de uno de los nietos de don Santiago y responsable de
mantener viva la historia de la familia, cuenta que la imagen de San Valeriano
llegó a la capilla proveniente de Torino (Italia).
El pequeño templo se constituye, incluso, en uno de los más antiguos de Tercero
Arriba.
El legado y la promesa de los Bara, desde que llegaron de Italia, eran muy claros:
“Los descendientes mayores de la familia serán los encargados de cuidar la
capilla e irán enseñando a sus hijos y a los hijos de sus hijos esta historia”.
Esa tradición, desde 1922, mantienen firme hasta hoy. Este 30 de agosto fueron
más de 100 los descendientes de don Santiago Bara que hicieron honor a la
promesa y al legado familiar.



