La respuesta está en la posición de la Tierra respecto del Sol.
Nuestro planeta gira alrededor del Sol con su eje de rotación inclinado aproximadamente 23,5 grados. Esa inclinación es la responsable de que durante el año cambie la cantidad y el ángulo con que la radiación solar llega a cada hemisferio.
Dos veces al año se produce un momento particular denominado equinoccio. En ese instante, el Sol cruza el ecuador celeste y los dos hemisferios reciben una iluminación prácticamente equivalente.
En el hemisferio sur, el equinoccio de septiembre marca el comienzo de la primavera astronómica. Al mismo tiempo, en el hemisferio norte comienza el otoño.
Porque el año astronómico no dura exactamente 365 días.
La Tierra tarda aproximadamente 365 días y casi seis horas en completar su órbita alrededor del Sol. Nuestro calendario, en cambio, tiene años de 365 días y cada cuatro años aproximadamente se agrega un día mediante el año bisiesto.
Esa diferencia hace que el momento exacto de los equinoccios y solsticios vaya desplazándose ligeramente de un año a otro.
Por eso podemos encontrar que el comienzo astronómico de la primavera ocurra el 21, 22 o incluso, en determinadas circunstancias y según el huso horario, el 23 de septiembre.
De hecho, los cálculos para los próximos años muestran distintas fechas y horarios para el equinoccio de septiembre.
Hay otra cuestión importante: el comienzo astronómico de la primavera no significa que ese día empiece automáticamente el tiempo primaveral.
La fecha astronómica está determinada por un fenómeno preciso de la relación entre la Tierra y el Sol. El comportamiento del tiempo atmosférico depende de muchos otros factores: circulación de la atmósfera, masas de aire, humedad, temperatura del océano y fenómenos climáticos de escala regional y global.
Por eso pueden seguir presentándose mañanas frías o frescas y tardes cálidas durante los primeros días de la primavera.
El término equinoccio proviene del latín y significa aproximadamente "noche igual". La idea tradicional es que el día y la noche tienen una duración similar.
Sin embargo, no son exactamente 12 horas de luz y 12 de oscuridad en la mayoría de los lugares.
Esto ocurre, entre otras razones, porque la atmósfera terrestre desvía la luz del Sol y porque el tamaño aparente del disco solar hace que el amanecer se considere cuando aparece el borde superior del Sol y el atardecer cuando desaparece ese mismo borde.
En Buenos Aires, por ejemplo, el 22 de septiembre de 2026 el Sol sale alrededor de las 6:42 y se pone cerca de las 18:50, dando unas 12 horas y 7 minutos de luz, no exactamente 12 horas.
Ese es quizás el dato más interesante: la primavera no comienza simplemente al amanecer del 22 de septiembre.
En Argentina, en 2026, comienza astronómicamente a las 21:05 del martes 22 de septiembre. Es el instante exacto del equinoccio de septiembre.
A partir de ese momento, el hemisferio sur continúa avanzando hacia el solsticio de diciembre, cuando llegará el verano astronómico.
Así que la fecha que figura en el calendario es una referencia, pero lo que realmente determina el cambio de estación es la posición de la Tierra en su órbita y el instante preciso en que se produce el equinoccio.
Para RH1, este fenómeno también sirve para recordar que primavera astronómica y primavera meteorológica no son exactamente lo mismo: una está determinada por la astronomía y la otra por criterios climatológicos.


