Rodríguez explicó que el cerebro funciona en estrecha relación con la luz y que, al comenzar a alargarse los días, se modifica el ritmo circadiano.
En ese proceso interviene el hipotálamo, una zona del cerebro que regula funciones como el sueño y la vigilia, la temperatura corporal, el apetito y la liberación de determinadas hormonas.
La especialista señaló que durante los períodos de oscuridad se libera melatonina, mientras que con una mayor cantidad de horas de luz aumenta la producción de cortisol, favoreciendo un estado de mayor vigilia.
Ese cambio puede generar sensaciones perfectamente normales: más energía, mayor vitalidad y ganas de realizar actividades sociales.
Rodríguez lo ejemplificó comparando las sensaciones de una tarde de invierno con las de una tarde primaveral: mientras durante el invierno puede aparecer más deseo de quedarse en casa, con el aumento de la luz puede surgir mayor predisposición a salir y encontrarse con otras personas.
La psicóloga hizo una distinción importante entre los cambios normales propios de la estación y lo que, desde la psicología, puede considerarse un brote o una desregulación.
Explicó que las personas que tienen alguna patología o vulnerabilidad previa pueden experimentar una descompensación frente a los cambios de estación, particularmente cuando se altera el sueño y otros procesos relacionados con neurotransmisores y hormonas.
Entre las señales a las que prestar atención mencionó:
Rodríguez aclaró que ante estas situaciones no hay que asustarse, pero sí consultar con un profesional cuando los cambios son marcados o persisten.
La especialista también explicó que no todos los cambios deben interpretarse como un problema.
Con la llegada de la primavera puede ser normal sentir más vitalidad, más ganas de salir y dormir algo menos. Incluso puede ocurrir que durante un período de adaptación algunas noches el descanso no sea el habitual.
“Esto es normal, es como abrirse a la primavera”, explicó Rodríguez, utilizando como ejemplo el proceso de las plantas, que durante el invierno concentran su actividad y luego vuelven a brotar.
Rodríguez diferenció además las desregulaciones asociadas a determinadas patologías de lo que ocurre con las personas que padecen trastornos de ansiedad.
En estos casos, un cambio corporal puede generar preocupación y temor. La persona puede interpretar una modificación normal en el sueño o en su nivel de energía como una señal de que algo malo está ocurriendo, aumentando así la ansiedad.
Por eso consideró importante entender que el cuerpo también cambia cuando cambia el ambiente.
“El ambiente nos impacta, el ambiente nos genera cosas”, explicó, señalando que tanto las condiciones climáticas como el entorno vincular influyen sobre las personas.
Consultada sobre si existen edades más propensas a sentir los efectos del cambio de estación, Rodríguez señaló que estos cambios pueden darse en todas las edades, aunque las personas mayores y con menor nivel de actividad podrían percibirlos menos.
También recordó el conocido dicho popular “hay que pasar agosto” y mencionó una mirada desde la bioenergía según la cual septiembre representa, en nuestro territorio, un momento de recuperación del “pulso vital” asociado con la llegada de la primavera y el verano.
Ante señales intensas relacionadas con el sueño, la agitación, el aceleramiento de los pensamientos o del discurso, la recomendación de la profesional es buscar una consulta especializada.
Rodríguez remarcó que hacerlo no significa dramatizar una situación, sino prevenir y buscar rápidamente el equilibrio.
En el caso de la ansiedad, señaló la importancia de comprender que el organismo responde a las modificaciones del ambiente y que reconocer esos procesos puede ayudar a disminuir los temores que aparecen frente a los cambios corporales.
Para la psicóloga, una de las claves está en conocerse a uno mismo y poder distinguir qué modificaciones son habituales y cuáles representan un cambio significativo respecto del propio comportamiento.
“El cambio es parte de la vida”, sostuvo, y agregó que las personas también cambian en función de los entornos en los que se encuentran.
Rodríguez también cuestionó la idea de que la primavera sea necesariamente “la mejor estación” desde el punto de vista psicológico. Consideró que esto depende de cada persona y de sus preferencias.
Durante la entrevista, la conversación también derivó hacia una problemática más amplia: la salud mental.
Rodríguez señaló que actualmente existe una importante cantidad de sintomatología vinculada con la salud psíquica, en un contexto social marcado por exigencias, dificultades para el encuentro y una presencia cada vez mayor de las pantallas.
La profesional remarcó la importancia de no etiquetar a las personas por sus síntomas. Tener ansiedad, angustia, síntomas depresivos o fóbicos significa atravesar un problema de salud, pero no define a la persona.
Al cerrar la entrevista, Judith Rodríguez dejó un mensaje especialmente relacionado con la llegada de la nueva estación.
“La primavera no vuelve loca a las personas”, afirmó.
Explicó que la primavera es una estación que produce modificaciones y que lo saludable es adaptarse progresivamente a esos cambios junto con el ambiente.
Al mismo tiempo, dejó una advertencia: “No todo aumento de energía es patológico y tampoco no todo aumento de energía cuando es exagerado es saludable”.
La clave, según la especialista, está en buscar el equilibrio, prestando atención a aquellos momentos en los que la energía, la actividad o la necesidad de hacer cosas comienzan a superar lo que el propio cuerpo puede sostener.
“Poder ver cuándo estamos exagerando, cuándo nos estamos yendo a un límite”, resumió Rodríguez.
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