En medio de las luchas por la independencia, Belgrano observó la necesidad de contar con un emblema que distinguiera a las tropas patriotas de las fuerzas realistas. Así, el 27 de febrero de 1812, a orillas del río Paraná, en la actual ciudad de Rosario, enarboló por primera vez una bandera con los colores celeste y blanco.
Aquella insignia se transformaría con el tiempo en el máximo símbolo de la identidad nacional. Décadas más tarde, sería reconocida oficialmente como la Bandera Nacional Argentina.
Belgrano tuvo una destacada participación en las guerras por la independencia. Entre sus mayores logros se encuentran las victorias de Tucumán y Salta, fundamentales para consolidar el proceso revolucionario.
También protagonizó el histórico Éxodo Jujeño, una estrategia militar y social que permitió frenar el avance español y es considerada una de las mayores gestas patrióticas de la historia argentina.
Más allá de su actuación militar, Belgrano dejó un legado basado en valores que mantienen plena vigencia: la educación como motor de transformación, el esfuerzo, la honestidad y el compromiso con el bien común.
Cuando recibió importantes premios económicos por sus triunfos militares, decidió destinarlos a la construcción de escuelas públicas, demostrando una coherencia entre sus ideas y sus acciones.
Murió el 20 de junio de 1820 en medio de dificultades económicas y sin el reconocimiento que su figura alcanzaría posteriormente. Con el paso de los años, la historia lo consagró como uno de los grandes padres de la patria.
Cada 20 de junio, escuelas, instituciones y comunidades de todo el país realizan actos y promesas de lealtad a la bandera. La fecha invita a recordar no sólo la creación del símbolo patrio, sino también los ideales de Manuel Belgrano: una Argentina más justa, educada y comprometida con su futuro.
Su vida y su obra continúan siendo un ejemplo de servicio público, patriotismo y dedicación al desarrollo de la Nación.


